La polémica en torno al Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) ha emergido con fuerza, pero sería un error reducirla a un cambio puntual en su gobernanza. Lo que está en juego es el desenlace de un proceso más profundo: la transformación del modelo que definía su espíritu fundacional y del que hoy apenas queda rastro.
No se trata de prejuicios hacia la figura del funcionario como director —la plaza siempre estuvo abierta a cualquier profesional—, sino del modo en que se está definiendo ese acceso. La actual deriva hacia la «libre designación» rompe con los mínimos de autonomía y transparencia exigibles a cualquier institución que aspire a sostener su prestigio en el contexto del arte contemporáneo.
Así lo sentimos quienes entramos por primera vez en sus salas como estudiantes. Sabemos lo que supuso en nuestra formación el acceso directo y continuado a exposiciones, a artistas y teóricos de primer nivel, aquí en Galicia y con regularidad. Y eso solo fue posible gracias a un modelo que premiaba el rigor y el prestigio de los profesionales, la autonomía en la gestión y la calidad del programa expositivo. Reconozcamos también que el CGAC nació del entendimiento entre sensibilidades de distinto signo e ideología, de la voluntad de aparcar divergencias y de situar la cultura en el centro del acuerdo político y social, como eje de un proyecto de país.
Me considero hijo de ese espíritu, y lo reivindico porque creo que el modelo del primer CGAC funcionó. No hay mejor prueba que el talento generado, con comisarios y artistas gallegos que están desarrollando su profesión en contextos de relevancia nacional e internacional.
Esto no solo debería ser motivo de orgullo para Galicia, sino también una oportunidad para promover su retorno e integración en nuestro sistema cultural. Y, sin embargo, algo está fallando. La deriva legislativa de los últimos años apunta en sentido contrario. El nuevo marco promueve un ecosistema cultural cada vez más integrado en la Administración, con una gestión de perfil técnico y una estructura jerárquica más cerrada y menos permeable al contexto cultural que la rodea.
Una de las consecuencias es la pérdida de contrapesos. La capacidad de decisión se concentra, y con ella el riesgo de orientar la cultura según criterios ajenos a su propia lógica. En ese contexto, el calendario no es un elemento menor: la planificación del Xacobeo 27 explica la voluntad de la consellería de reforzar su control sobre las instituciones culturales.
No estamos ante cambios de alcance limitado. Las leyes y decretos aprobados responden a una orientación más profunda: el desplazamiento progresivo de una cultura entendida como espacio de conocimiento hacia un modelo vinculado a la lógica de la industria cultural. Y esto no es neutro, es ideológico.
Quizá la cuestión ya no sea solo qué modelo se está construyendo, sino qué espacio nos queda dentro de este. Porque las instituciones culturales no solo se gestionan, también definen el lugar desde el que una sociedad se piensa a sí misma.