Donald Trump como papa, sin ser católico y en el momento en el que la Iglesia elegía nuevo pontífice tras la muerte de Francisco. El presidente americano como Jesucristo, practicando curaciones milagrosas. El líder del PNV, Aitor Esteban, lanzándose de manera ridícula a una piscina para negociar un nuevo estatuto de autonomía para el País Vasco.
¿Quién no se ha reído o enfadado con un meme? Son más antiguos que internet, pero solo en nuestra época se han convertido en expresión habitual, en un elemento cultural compartido más allá de los idiomas. Y en un arma política de primer orden. Lo demuestran los tres ejemplos citados. No son inocentes. Los que los publicaron sabían que iban a tener un impacto.
¿Creen que los nacionalistas vascos hubieran reaccionado igual si el mensaje «indecente» del PSE no hubiera ido acompañado de ese montaje de inteligencia artificial? No. Tampoco tuvo el mismo ecoTrump cuando, en una muestra más de narcisismo y megalomanía, sugirió que él sería un buen papa. Hasta que lo vimos con la tiara no se desencadenó la indignación de buena parte del cristianismo.
Vivimos en una sociedad adicta a las pantallas. Es lógico que prime lo visual, pero como civilización acabaremos lamentando que no siga reinando nuestro querido texto.