Solo la prensa local y algunas publicaciones confesionales se han ocupado de la matanza de 29 cristianos. Los grupos yihadistas también secuestraron a decenas de jóvenes, aunque casi la mitad pudieron ser rescatados. Todo en Nigeria, todo esta semana: las mismas víctimas de siempre, los mismos verdugos, y el mismo y pavoroso silencio de los medios internacionales.
Cuando le pincharon la oreja a Trump de un balazo dije aquí que parecía más sereno y comedido, como si se hubiera vuelto prudente y amable de pronto. Pues ha ocurrido de nuevo. Pero ahora sé que le dura poco y que enseguida vuelve a las andadas. De hecho, cada vez le dura menos la catarsis. Quizá porque ya va por la tercera. Casi me parece una demostración de que, en contra de lo que piensa la mitad de los votantes demócratas, ninguno de esos atentados fue un montaje de los republicanos para recabar afectos para el viejo y necesitado Donald.
Y sobre el pestazo que exhalan desde hace tiempo las noticias que provienen de los juicios a la clase política de este país ya no sé qué más se puede decir, ni cuánto tiempo estaremos dispuestos a soportarlo. La culpa, aunque en grados diversos, debería atribuirse a los impuros, que, como dice Guardini, no son los que hacen guarradas, sino quienes —las cometan ellos o no— se niegan a reconocerlas como tales. O peor todavía, las reconocen, dicen que son buenas y se lo creen. Insisto: habría que distinguir grados, pero los votantes de a pie también deberíamos sentirnos responsables de llamar bien al mal.
De ahí no hay salida. Como de algunos países americanos en los que cientos o miles de personas esperan años para venir legalmente a España. Otras mafias. Ganan las pateras.