En época de guerra, a la clase media lo que le preocupa es la pérdida de poder adquisitivo. En época de paz, le preocupa perder poder adquisitivo respecto a la clase alta, ya que la clase media es, en esencia, aspiracional. Lo que no le preocupa en absoluto a la actual clase media es la lucha de clases, lo cual complica cada reunificación de la izquierda, cuyo leitmotiv es la lucha contra los privilegios de clase.
La izquierda ha de dirigir su mensaje a la clase media, sobre todo en un país donde tres de cada cuatro electores se consideran de dicha clase, aunque no lo sean atendiendo a las casillas de salario y patrimonio. Se sienten de tal clase por una simple combinación de necesidad de identificación y coincidencia de consumo. Perciben unos ingresos medios, pero no desean que los perciban los que cobran menos, sino que aspiran a cobrar más para subir en una escala social que asumen —donde, por ley natural, hay millonarios en la opulencia y pobres en la miseria—, prescindiendo de que el ascensor social lleva años con el cartel de «averiado» y que la clase superior los mira hacia abajo con desprecio.
Se supone que, en democracia, el aumento de la clase media es un factor de cohesión. Se supone que ser de esa clase implica tomar conciencia y participar de las decisiones políticas. Es mucho suponer. La clase media prefiere permanecer al margen de los conflictos. Está aburguesada, ni se plantea la lucha de clases. Obviamente, no es una clase monolítica y ha habido excepciones coyunturales. Por ejemplo, el 15M fue un movimiento de hijos de la clase media en pro de una mayor democratización. Sin embargo, entre aquellos jóvenes también se fue dando una dicotomía de clase: los que tenían profesiones técnicas mejoraban sus expectativas, mientras otros no conseguían condiciones laborales acordes a la meritocracia académica. La clase media es muy diversa: comerciantes, pensionistas, rentistas, estudiantes, artistas… Todos se consideran de clase media, incluidos los parásitos del Estado protector, que se benefician de ayudas y subvenciones, a la vez que predican la supresión de impuestos y la desregulación del mercado. Quedan pocos a los que les pueda interesar la lucha de clases. Entre la lucha y la hucha, no dudan.