¡Devolved el micrófono!

Miguel Conde-Lobato BENDITA PERSUASIÓN

OPINIÓN

María Pedreda

No había tasca en el planeta (al menos no en Galicia) en la que no se arreglase el mundo. Es más, las sobremesas hiperventiladas con chupitos solían estar más cerca de ellas que del calor del hogar. La tasca siempre fue ese lugar mitológico en el que uno desconectaba de las leyes de la física y la metafísica y hablaba sin freno. Eran nuestra ágora griega, donde el desbarre convivía con el argumento con la ligereza que se le supone a una opinión poco reflexionada. No importaba demasiado; un «o falar non ten cancela» y todo arreglado.

Pero en la tasca global, ay, instalaron un karaoke. No sé si han visitado alguno, pero normalmente suele ser un buen entretenimiento para el que cree que sabe cantar. Pocas veces aciertan, pero no hay quien les saque el micro. La sociedad hipercomunicada de las redes sociales se ha convertido en una tasca/karaoke en la que una serie de individuos (con un alto concepto de sí mismos) han monopolizado el micro, dejándonos a los demás mirando atónitos sus desafinadas intervenciones. ¿Quieren arreglar el mundo? Diría que no, que lo que quieren es cantar… y que no cantes. Quieren la gloria. Decía Milan Kundera que «el bailarín se distingue del político corriente en que no desea el poder, sino la gloria». El poder es para algo; la gloria es en sí misma.

El karaoke global ha hecho de la divergencia un captador de atención atómico. Y eso, a pesar de que la mayor parte de las personas pensamos de modo similar. Es cierto que a veces un 1 % de diferencia suele ser determinante (dicen que ese es el porcentaje de nuestro ADN que difiere del ratón), pero es un juego peligroso que solo beneficia al aficionado karaokeño

«Tuvimos la oportunidad de salvar el mundo y preferimos la teletienda», fue la autocrítica generacional que se hacía Stephen King en su ensayo Mientras escribo. Yo, mucho más joven, debería emular al maestro y lamentar que, teniendo en nuestra mano el mayor altavoz de la historia de la humanidad, le dejásemos el micrófono a una pila de individuos que han encontrado en la confrontación absurda e irresponsable un filón para ser las estrellas del show. Esa pasividad nos ha vuelto insoportables necios pasivos mirando el infinito karaoke. Pero, buenas noticias: no tiene por qué seguir siendo así. «Por favor, ¿seríais tan amables de devolver el micrófono?».