¿Poder o poderío?

Pedro Armas
Pedro Armas A MEDIA VOZ

OPINIÓN

Donald Trump y Xi Jinping durante su encuentro de la semana pasada en Pekín.
Donald Trump y Xi Jinping durante su encuentro de la semana pasada en Pekín. Yan Yan / Xinhua News / Europa P | EUROPAPRESS

¿Quién tiene el poder y quién tiene el poderío: Trump o los tecnomillonarios? ¿Xi Jinping o los fabricantes chinos? ¿Putin o los oligarcas rusos? ¿Los jeques árabes o las multinacionales petroleras? ¿Los dirigentes del fútbol o las televisiones? Según la RAE, el poder es la facultad que tiene uno para mandar o ejecutar algo. Cuando ese poder es absoluto, deriva en despotismo. Como decía Lord Acton: «El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente». Sin embargo, el poderío tiene que ver con la aptitud, la capacidad, la competencia o la potestad de hacer o impedir algo.

Se confunde el poder con la autoridad, pero hay que tener en cuenta la legitimación. El poder impone la voluntad personal, mediante fuerza o coerción, mientras que la autoridad se adquiere por confianza, reconocimiento y legitimidad. El poder se ejerce, la autoridad se gana con el tiempo y el respeto. Vaya pensando el lector en personajes, a diestra y siniestra, a los que hemos colocado como líderes, regalándoles el poder, cuando carecen de autoridad. En los últimos años la lista ha aumentado exponencialmente. Son muchos, pero se ponen de acuerdo para bloquear cualquier iniciativa que ponga en evidencia su ineficacia.

El ejercicio del poder sin autoridad permite modificar vidas ajenas de modo unilateral, ya sea mediante sanciones, castigos, aranceles o invasiones; sin respetar los acuerdos, sin tener en cuenta las legislaciones y, por supuesto, sin consultar a los posibles afectados. En el actual ciclo neoliberal, ese poder sin autoridad se ha otorgado a millonarios sin escrúpulos, que llegan a ser presidentes de países, de regiones autonómicas, de corporaciones empresariales o de clubes deportivos, quienes, además de multiplicar sus beneficios, se arrogan liderazgos sociales, para lo cual se rodean de asesores y palmeros cuya función básica es recordárselo.

Cuando el poder sin autoridad se convierte en poder autoritario, prescinde de las limitaciones legales, reprime la disidencia e impone la obediencia, con la excusa de garantizar la seguridad ante supuestas amenazas internas o externas. No hablamos del autoritarismo histórico, sino del «autoritarismo democrático», ejercido por individuos que acceden al poder, gracias al voto popular, para desmantelar desde dentro las instituciones y facilitar los negocios de quienes les aúpan y financian. Unos tienen el poder y otros tienen el poderío.