La semana pasada vi que Boadella y Esperanza Aguirre se declaraban orgullosos de que los llamaran fachas, y me extrañó. Quizá si los llamaran fascistas les gustaría menos, porque, al fin y al cabo, por uso excesivo e indebido, se ha convertido en un apelativo casi cariñoso. O porque ninguno de los dos lo es: Boadella, por ejemplo, fue un antifranquista de verdad, de los que se la jugaban con Franco vivo. Pero esta semana le leí a un columnista yanqui que estaba creciendo el fascismo de izquierdas. Colapsé.
Lo discutí con alguien y me dijo que el fascismo es siempre de derechas, porque tiene en su núcleo doctrinal el nacionalismo y el racismo biológico, mientras que el comunismo es internacionalista. Le pregunté si le parecía poco racista, por ejemplo, la China de Mao o la actual, que han sometido a minorías étnicas, políticas y religiosas con métodos que organismos y expertos califican de genocidas: abortos forzados, esterilizaciones, internamiento y reeducación en campos. Lo reconoció. Pero insistió en que ideológicamente son distintos: aunque ambos tienden a una visión social, uno parte de la propiedad privada y el otro es colectivista. Comenzó a admitir que se parecían mucho en los métodos: partido único, autoritarismo o limitación extrema de las libertades, militarismo, culto al líder, etcétera. Así que concluyó que sí se podía hablar de autoritarismo de derechas y de izquierdas. Y que eso, a lo mejor, era lo que quería decir el yanqui al hablar de políticas de cancelación, censura y asesinatos políticos. Resulta fácil asociar a Maduro, a Putin, al norcoreano Kim Jong-un o al chino Xi Jinping con esos métodos, pero no a Boadella o a Esperanza Aguirre. Zapatero trabajaba para dos de ellos.