Escuelas infantiles: el foco equivocado

Beatriz San Martín MAESTRA DE EDUCACIÓN INFANTIL

OPINIÓN

Un aula de educación infantil.
Un aula de educación infantil. Santi M. Amil

La muerte de una niña olvidada dentro de un coche en Brión ha vuelto a dejar a todo el mundo paralizado. Es imposible leer la noticia sin sentir un nudo en la garganta. Porque cuando un niño muere, no hay debate que alivie el dolor. Y, sin embargo, hay algo que vuelve a repetirse casi automáticamente: la necesidad colectiva de buscar un culpable inmediato. En estos casos, demasiadas veces el dedo apunta hacia las escuelas infantiles: ¿La guardería no llamó? ¿Cómo no avisaron de que faltaba?

No. Las educadoras infantiles no son responsables de recordarles a los adultos que tienen hijos. Y escribir esta frase duele. Porque nadie quiere sonar frío ante una tragedia así. Pero, precisamente por ello, merece un análisis serio.

Impacta cómo, una vez más, se coloca sobre las escuelas una responsabilidad que no les corresponde. Como si educar, cuidar y acompañar durante horas a decenas de niños no fuera ya una tarea inmensa. Como si además hubiese que asumir también el papel de sistema de alerta permanente para compensar el agotamiento de toda una sociedad.

La realidad dentro de una escuela infantil dista muchísimo de esa imagen simplista. No somos aparcamientos de niños; somos profesionales que trabajamos en aulas llenas de pequeños que necesitan atención constante. Consolamos llantos, acompañamos emociones, enseñamos hábitos, prevenimos accidentes, observamos señales de alarma y sostenemos muchas veces el agotamiento emocional de familias enteras. Todo ello sobreviviendo diariamente a unas ratios elevadas, a condiciones precarias y a una falta de reconocimiento que sigue siendo alarmante.

Y ahora también se pretende que las educadoras sean responsables de confirmar diariamente que cada familia ha hecho aquello que le corresponde hacer: llevar a su hijo al centro. ¿De verdad hemos llegado a normalizar que la responsabilidad última siempre recaiga sobre ellas?

El problema de fondo no está en las aulas. Está en una sociedad agotada, acelerada y funcionando permanentemente en piloto automático. En adultos sobreviviendo entre prisas, horarios imposibles y una carga mental que muchas veces termina convirtiendo los días en una sucesión mecánica de tareas. Y entender cómo puede ocurrir algo así no significa justificarlo. Son dos cosas completamente distintas. Pero, si realmente queremos que esto no vuelva a ocurrir, quizá deberíamos empezar a hablar de medidas reales. De salud mental. De campañas de prevención. De sistemas de aviso en vehículos. De mejores políticas de conciliación y, sobre todo, de hacer una reflexión seria sobre el nivel de agotamiento mental en el que vivimos.

Señalar a una escuela infantil no protege a ningún niño. Solo añade más peso a un colectivo ya exhausto. Y quizá va siendo hora de preguntarnos algo incómodo: ¿por qué seguimos esperando que las escuelas infantiles compensen todas las grietas de una sociedad que no cuida ni a las familias ni a quienes educan?