Como no conocemos las ciudades en las que vivimos, escuchamos la hecatombe racista y fascista de Abascal y vamos y nos la creemos. Pero está pasando una cosa muy extraña. Resulta que el infierno que dibuja Vox y compra el PP ya está aquí y de infierno no tiene nada. No hay que ir a la Badalona de Albiol o al Lavapiés madrileño para comprobarlo. Vayan, sin ir más lejos, a la plaza de As Conchiñas, en A Coruña, siéntense en un banco y observen. Las estadísticas indican que en este barrio del Agra do Orzán el diez por ciento de la población es inmigrante. Venezolanos, cubanos, brasileños, senegaleses y cameruneses conviven en una zona históricamente obrera que hoy se parece más a una ciudad europea que al refinado distrito 15004, donde medra la clase alta coruñesa, con la rentas más desahogadas, y que en esencia es idéntico a lo que era hace cuarenta años. La ciudad del futuro no está en esa almendra privilegiada de aceras siempre cuidadas y limpias, sino en unos cientos de metros avenida de Fisterra arriba, en donde se han ido instalando los nuevos coruñeses que contribuyen a una economía vibrante y a una sociedad diversa.
Una tarde en As Conchiñas devuelve grupos de niños y niñas jugando al balón, pandillas pelando la pava en un banco, peluquerías de alisados exprés, y restaurantes con especias que ya siempre convivirán con el pimentón y el perejil. No interesa la complacencia en un entorno que necesita atención y esfuerzos. La diversidad requiere dedicación. Pero los resultados ya están ahí y nada tienen que ver con el apocalipsis zombi en el que insiste Abascal y que el PP ha incorporado a la letra pequeña de su contrato con los ciudadanos. Vayan a esos barrios y verán.