Hay lugares que son importantes por las cosas que ocurrieron en ellos. Y también lugares que son importantes por las cosas que no ocurrieron en ellos. Primrose Hill pertenece a esta segunda clase. En esta colina que se eleva en el norte de Londres no ha sucedido nunca gran cosa en la realidad, pero sí en la ficción. Por ejemplo, es allí donde se pierden los famosos 101 dálmatas, si mal no recuerdo. Y también es allí donde tiene lugar la batalla final en La guerra de los mundos de H. G. Wells. Los marcianos han invadido la Tierra y combaten ferozmente con los humanos, cuyas armas pueden muy poco contra ellos. Parece inevitable que la humanidad perezca. Y de repente ocurre lo imprevisto. Los alienígenas empiezan a caer uno tras otro, víctimas de bacterias para las que no tienen inmunidad. En la escena que más recuerdo de la novela, el protagonista sube a Primrose Hill para divisar a sus pies la gran ciudad y ver cómo ha quedado en la resaca del combate. Lo que contempla es un Londres apocalíptico, silencioso, semidestruido, con barrios calcinados por los «rayos de calor» y las máquinas de otro mundo inmóviles por todo el paisaje.
Es por eso por lo que cuando estoy en Londres y subo a Primrose Hill lo hago con una vaga aprensión. Cuando llego arriba, sin embargo, siempre me encuentro la que fue capital del mundo tendida a ambos lados del río, indolente, hermosa y vanidosa. Los rascacielos de la City compitiendo con la cúpula de San Pablo. La noria del London Eye como una gigantesca rueda de bicicleta en mitad de la ciudad. El historiado parlamento neogótico de Westminster. Canary Wharf, postindustrial. Aunque también es cierto que algunas grúas y la silueta futurista de The Shard podrían hacer pensar que los marcianos, después de todo, sí acabaron ganando aquella guerra.
Una tarde de otoño subía a Primrose Hill con mi amiga Joy e íbamos comentando todas estas cosas: la batalla de los marcianos, los 101 dálmatas, la vista desde lo alto. También «el hombre invisible», otro hecho importante que ocurrió en Primrose Hill. O, mejor dicho, que no ocurrió, porque está en otra novela de H. G. Wells —el escritor vivía cerca, en Fitzroy Road, lo que explica que situase allí tantas escenas de sus libros—. Cuando el científico protagonista de la historia todavía está probando su invención de la invisibilidad, hace experimentos por esta zona entonces un tanto apartada. Intenta invisibilizar a un gato, pero la técnica todavía no está perfeccionada y la cosa resulta a medias. Desaparece todo salvo el estómago y las garras, en lo que a mí me parece un homenaje a Alicia en el país de las maravillas, donde el gato de Cheshire también desaparece por partes hasta que solo queda su inquietante sonrisa flotando en el aire —«He visto muchas veces un gato sin sonrisa… pero ¡una sonrisa sin gato!», exclama Alicia—.
Aquel día, cuando llegamos a lo alto de la colina, resultó que la cima estaba cubierta de una niebla espesa. No se veía nada salvo alguna torre de la City flotando en la nada, precisamente como la sonrisa del gato de Cheshire. «¡Qué mala suerte!», dijo Joy. «Para una vez que subo y no se puede ver la ciudad». A lo lejos se oían unos ladridos apagados. Por lo demás, el lugar estaba en silencio. «No me vas a creer —dije yo en broma—, pero me ha parecido ver unas luces extrañas en el cielo». Ella tenía los ojos fijos en algo. «Y tú no me vas a creer a mí, pero acabo de ver pasar un gato en medio de la niebla».