Pocos esperaban que Adolfo Suárez fuera a suceder a Arias Navarro. Era hombre de escasa preparación intelectual. Su biógrafo, Gregorio Morán, asegura que en su vida no había leído un solo libro, siendo su mayor logro haber llegado a la página 9 de la novela Papillón, de Henri Charriére. Él mismo se autodenominaba un «chusqueiro» de la política. Mediocre estudiante de Derecho, de pasado falangista, no parecía la persona más apropiada para traer la democracia a España, pero el rey Juan Carlos apostó por él. Sin su salto a la presidencia, la Transición no se hubiera llevado a cabo, y por eso los españoles le debemos respeto. Pasados los años, los que lo auparon a lo más alto lo arrojaron al vacío. El primero, el propio monarca. También los militares, los empresarios, los sindicatos, la oposición; pero sobre todo, y eso fue lo que más le dolió y provocó que presentara su dimisión, su propio partido, UCD. Consideraban que no era el indicado para comandar la nave del Gobierno, olvidándose que tal vez haya sido el zoon politikón (animal político, concepto de Aristóteles) más relevante que ha dado este país.