El eco de la marea

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Decenas de migrantes que han pasado la frontera entre Ceuta y Marruecos pasan la noche en la calle.
Decenas de migrantes que han pasado la frontera entre Ceuta y Marruecos pasan la noche en la calle. Marcos Moreno | EUROPAPRESS

Hay algo profundamente teatral en la geografía de la frontera, una escenografía caprichosa donde la historia y la política se miran de hito en hito, midiendo sus fuerzas con la paciencia de las mareas. Cincuenta y un años separan dos estampas que la memoria colectiva tiende a coser con el hilo fino de la analogía: aquella imponente Marcha Verde de noviembre de 1975, coreografiada desde los despachos de Rabat con banderas y coranes, y los episodios de presión migratoria desbordada que, de manera intermitente, sacuden los muros y espigones de Ceuta.

Si uno afina la mirada descubre que el método apenas ha mutado. Cambian los atuendos, los contextos geopolíticos y las urgencias del momento, pero permanece intacta la gramática de la presión a través de la masa.

En el otoño saharaui de 1975, el monarca alauí movilizó a trescientos mil civiles desarmados para ocupar un vacío colonial, convirtiendo el desplazamiento humano en un ariete diplomático de precisión quirúrgica. Aquel éxodo planificado demostró que la carne y el paso firme podían alcanzar cotas que la infantería convencional jamás soñó.

Décadas después, los arenales de la frontera ceutí reproducen ese mismo eco con idéntica naturaleza instrumental. Cuando el factor humano se utiliza como tablero de ajedrez, las personas se convierten en cifras arrojadizas en la sutil geometría de la presión negociadora.

El Estrecho deja de ser un mar para transformarse en un escenario donde se escenifica la vulnerabilidad de la España actual, con un Gobierno tan débil como la agonía de Franco.

La gran diferencia radica en la naturaleza de la marea. En el 75 la marcha obedecía a un fervor patriótico manufacturado para redibujar fronteras territoriales; hoy, las avalanchas responden a la pobreza y la desesperanza sistémica.

No obstante, el uso político que se hace de ese dolor tan profundo sigue conservando el viejo aroma de la estrategia calculada. Rabat ensaya su repertorio de advertencias abriendo o cerrando las compuertas de la desesperación según soplen los vientos de la diplomacia europea.

Europa y España contemplan este trasvase desde la orilla del desconcierto, atrincheradas entre la retórica humanitaria y la urgencia del hormigón.

La Marcha Verde fue un ejercicio de soberanía vecinal sobre la arena del desierto; los saltos a la valla de Ceuta son el recordatorio diario de que la frontera sur es una herida abierta que rezuma la debilidad y contradicciones de Occidente.

Al final de esta historia —dramática— , tanto en el Sáhara de antaño como en las vallas norteafricanas de hoy, asistimos al mismo espectáculo: la geopolítica convertida en coreografía humana. Y mientras sigamos mirando el dedo que señala la marea en lugar de achicar el agua del fondo, la historia seguirá repitiéndose, trágica y simétrica, a ambos lados del espejo.