La sombra que devoró el algoritmo

Luis Ferrer i Balsebre
luis ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Imagen del anillo de diamantes que se produce durante un eclipse total de Sol, tomada por la Agencia Espacial Europea.
Imagen del anillo de diamantes que se produce durante un eclipse total de Sol, tomada por la Agencia Espacial Europea. ESA

Nos hemos habituado tanto a mirar el mundo a través de un rectángulo de cristal que ya solo medimos el pulso de la civilización según el último algoritmo que promete desbancar a la humanidad, el titular estridente de la política de trinchera o el debate efímero que dura lo que un parpadeo en la red social de turno. La inteligencia artificial es el nuevo maná, la promesa y el apocalipsis cotidiano con el que desayunamos, almorzamos y cenamos. Mo nopoliza congresos, portadas y tertulias. Nos creemos los amos absolutos de la técnica, dioses diminutos capaces de replicar el pensamiento en servidores que zumban como colmenas metálicas.

Y, de repente, en un giro magistral de la geografía celeste que escapa a todo control mercantil, la Luna se interpone con precisión milimétrica entre la Tierra y el Sol.

Un eclipse total. La noche en pleno mediodía. La temperatura que desciende de golpe, las estrellas asomándose con una timidez fantasmal a media tarde y la corona solar desplegándose como un encaje de fuego blanco sobre el fondo negro del cielo. Ante ese espectáculo mudo y colosal, ¿dónde queda el último modelo de lenguaje informático? ¿Qué importan los índices de bolsa, las métricas de rendimiento digital o las disputas geopolíticas que agitan el planeta?

Es fascinante comprobar cómo, frente a la imponente sobriedad de un fenómeno natural, toda nuestra tecnología se vuelve repentinamente accesoria. Millones de personas de todas las condiciones, edades y credos interrumpen sus rutinas y alzan la vista al cielo con la misma mezcla de asombro y temblor que sentían nuestros antepasados en las cavernas. No hay pantalla capaz de competir con la emoción directa de ver cómo el día se extingue por obra y gracia de la física cósmica.

Según relata el divulgador científico Moncho Núñez en su libro Eclipses (editorial Guadalmazán), el último eclipse total del siglo XIX en España tuvo lugar el 28 de mayo de 1900, y supuso la consagración del llamado «turismo astronómico»; aquel día miles de personas nacionales y extranjeros viajaron hasta España para contemplar el fenómeno desde Cáceres, Castilla-La Mancha y Alicante. Nada que envidiar a las previsiones establecidas para el que tendrá lugar esta semana.

El eclipse nos recuerda, con una elegancia implacable, nuestra humilde condición. Nos arrebata por unos minutos la arrogancia digital y nos devuelve la capacidad de maravillarnos ante lo inabarcable. Mientras el algoritmo sigue calculando probabilidades en la fría oscuridad de un disco duro, la humanidad entera, por una vez, calla y respira al unísono bajo la sombra perfecta de la Luna.

Aunque ya verán cómo muchos renunciarán a verlo en directo y se pondrán a grabarlo con el móvil. Hay gente «pa to».