¿Los bits pesan más que los átomos?

Juan Cano Tapia ANALISTA DIGITAL Y ESCRITOR

OPINIÓN

Una exposición sobre inteligencia artificial en Nueva Delhi
Una exposición sobre inteligencia artificial en Nueva Delhi RAJAT GUPTA | EFE

En los últimos años, el auge de la inteligencia artificial ha convertido en habituales las preguntas sobre si esta tecnología acabará sustituyendo o dominando al ser humano. Sin embargo, esta obsesión por un supuesto apocalipsis digital nos distrae: este desvío del foco hacia un mañana especulativo nos hace ignorar lo que ya sucede hoy. La cuestión es si la histórica inversión global en recursos humanos, naturales y económicos para el desarrollo de la IA está perjudicando ya otros intereses de la ciudadanía.

Un mercado que refleja claramente estas tensiones entre los intereses de los ciudadanos y el desarrollo de la IA es el de la memoria RAM. Los tres fabricantes que controlan más del 90 % del mercado mundial (Samsung, SK Hynix y Micron) han reasignado una parte sustancial de su capacidad productiva hacia la fabricación de memoria de alto ancho de banda (HBM), requerida por los centros de datos. Esta reorientación ha provocado un cuello de botella global en el suministro de memorias estándar, denominado RAMmageddon. Durante el primer trimestre del 2026, los precios de los contratos globales de memoria RAM subieron aproximadamente un 90 %, trasladando al consumidor medio incrementos de alrededor de un 20 % en tecnología de uso diario.

En lo relativo a los suministros, el masivo despliegue de infraestructuras de IA parece perjudicar los intereses de los ciudadanos. Según datos de la EIA (Administración de Información Energética de EE. UU), entre el 2022 y el 2024 el precio de la energía doméstica en Estados Unidos creció un 10 %, mientras que la energía utilizada por el sector comercial, donde se encuentran los centros de datos, incrementó su precio solo un 3 %.

A nivel laboral, la IA opera como un «deporte de equipo» interdisciplinar que está absorbiendo talento de las ciencias tradicionales (ingeniería, biología y ciencias físicas). Además, investigadores y profesores de élite abandonan la docencia pública atraídos por mejoras sustanciales en los salarios que ofrece dicho sector gracias a la inversión récord y los supuestos retornos a futuro. Como advierte Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía en el 2024, la trayectoria dominante prioriza una «automatización mediocre». Así, en lugar de multiplicar las habilidades de los trabajadores se utiliza la tecnología para reducir costes y recortar plantillas.

Para concluir con algo de esperanza, la Ley 2/2025 para el desarrollo e impulso de la inteligencia artificial en Galicia ofrece una alternativa. A través de la «reserva de humanidad» de su artículo 12, se prohíbe que algoritmos decidan de forma automatizada sobre procesos críticos sin supervisión humana, mientras que su artículo 2 trata de blindar la identidad local al promover modelos en gallego. En lugar de saturar el territorio con macrocentros de datos como en las comunidades de Madrid o Aragón, en Galicia se prefiere apostar por fábricas de IA con un impacto territorial mínimo en comparación. Encontramos aquí un ejemplo de desarrollo ético que demuestra que la ciudadanía aún cuenta con herramientas para defender sus derechos.