Expectativas eclipsadas

OPINIÓN

Una joven fotografía el cielo nublado durante el eclipse total de sol, en A Coruña.
Una joven fotografía el cielo nublado durante el eclipse total de sol, en A Coruña. Eduardo Pérez

La envergadura de la expectativa era de tal tamaño que resultaba imposible estar a la altura. Ayer, el que más y el que menos enjugaba una pequeña decepción tras el eclipse de nuestras vidas. Seguro que en la Edad Media un fenómeno así instalaba a la humanidad en el asombro absoluto pero hoy, tras haber vivido el technicolor, el sensurround, la reconstrucción con IA de mi bisabuela muerta, la realidad virtual y la pescadería de El Corte Inglés en Navidad, cualquier erosión en el descomunal tamaño de la previsión desata el desencanto. Nuestras queridas nubes fueron el miércoles un problema para muchos, hasta el punto de que las horas posteriores al acontecimiento de nuestras vidas transcurrieron con una resaca contenida. En la radio incluso contactaron con una coruñesa que abandonaba el paseo marítimo con un «tengo un cabreo...» dirigido a no se sabe muy bien quién.

Y es que hemos desarrollado una capacidad tan sofisticada para la juerga que hasta el cosmos lo tiene difícil para impactarnos. El márketing se ha apropiado de las experiencias y hay una competición alucinante por ofrecerte el viaje más extremo, la depilación más radical, el sexo más loco, la juerga más turbia, la comida más larga, o más cara, o más suculenta, o la hamburguesa más grande y más cochina. Vivimos inyectados de adrenalina artificial, en un estado de excitación permanente, en una renovación eterna del scroll. Ante semejante circuito y con las neuronas a punto de estallar, el desafío que tenía nuestro satélite para no defraudar expectativas era brutal. De hecho, ahí fuera se nos ofrece un espectáculo impresionante todos los días, en el mar y en la tierra, en el cielo y en las profundidades de los océanos, y la mayor parte de nosotros preferimos mirar al gotelé, ahora que vuelve a estar de moda.