El montaje

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

Ambiente en la playa del Orzán de A Coruña para ver el eclipse, el pasado miércoles.
Ambiente en la playa del Orzán de A Coruña para ver el eclipse, el pasado miércoles. EDUARDO PEREZ

Antes de ir a la universidad tenía que hacer un recado muy cerca de la Torre y subí al coche sin darme cuenta de que algo le pasaba al día, una iluminación con tonos de película sobre el fin del mundo. El miércoles del eclipse se me mostró a las nueve y media cerrado por una bóveda de nubes gris oscuro con algunas grietas aceradas, de bordes brillantes, que dejaban a la vista charcos de luz muy blanca. Pero dominaban el color amarillo y el del acero. A medida que me acercaba al puerto percibí el silencio, pese al tráfico tupido y la hora. La gente caminaba sin hablar ni con sus teléfonos. Se oían solo las gaviotas, que no se daban cuenta porque no prestaban atención más que a la comida. Como siempre. El olor a pescado se había desbordado de los barcos, el muelle y las lonjas hasta la avenida, pero no cerré las ventanas. Las abrí más. Al meterme en el túnel, sentí por primera vez los motores de los coches. Y al salir de él, tropecé con un olor distinto, conocido, pero más fuerte que nunca: el del salitre, quizá pegado allí por la niebla, unas brumas que ya se replegaban, densas aún, hacia la entrada de la ría. Ni un claxon, ni una sirena, ni un grito, ni una risa, ni una grúa, ni un volquete que gira, solo un silencio espeso que no terminaba de estar callado del todo. Por la tarde llegaría el eclipse y no podría verlo. Pero qué necesidad tenía. Podría pasarme la vida en mañanas como aquella, tan distintas. Dos horas después salió el sol y se abrió ya un mediodía cualquiera, atiborrado, eso sí, de gente que descendía de los cruceros o emergía de los aparcamientos públicos charlando en lenguas. Me dijeron que la gente aplaudió el eclipse sin saber muy bien quién lo había montado.