Tras el frustrado intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se produjo un paulatino acercamiento entre la sociedad civil y el estamento castrense. La ciudadanía reparó en que aquellas fuerzas armadas que constituían, junto con la Iglesia y durante los primeros años la Falange, los pilares fundamentales de la dictadura franquista empezaban a ser cosa del pasado. Era cuestión de tiempo que la democracia entrara en los cuarteles, como así ocurrió. Se acabó con el ejército de reemplazo y la profesionalización de la tropa transformó a aquel obsoleto ejército en uno más moderno y consiguientemente más operativo, cuya obsesión empezaba a ser la de cumplir escrupulosamente las funciones que nuestra Carta Magna le atribuía. Poco a poco comenzó a participar en misiones internacionales, siempre con resultados más que brillantes, en Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Macedonia, Croacia, Irak, Afganistán, Líbano, Mali, Somalia, Haití, Senegal, entre otros muchos países, con el objetivo principal de colaborar en el mantenimiento de la paz, proporcionar ayuda humanitaria, luchar contra el terrorismo y ejecutar tareas de adiestramiento y disuasión. Las tropas españolas allí por donde pasaron se ganaron el respeto y afecto tanto de la población autóctona como del resto de ejércitos. Los ciudadanos comenzaron a ver a los militares como algo necesario en tiempos de tranquilidad y en tiempos de problemas.
No podemos obviar la labor del Ejército todos los veranos en la lucha contra los incendios forestales, su inestimable ayuda para intentar atenuar los inmensos desperfectos causados por la dana en Valencia, Albacete y Málaga en octubre del 2024, su reciente actuación en los acontecimientos producidos por la entrada masiva de marroquíes en las ciudades de Ceuta y Melilla, y, cómo no, su colaboración con las autoridades sanitarias en la pandemia producida del covid- 19 en el 2020. Tras tanto trabajo en favor de la ciudadanía es lógico que todos los españoles, salvo los de siempre (que no llenarían ni tres campos de fútbol), nos sintamos absolutamente identificados con nuestros militares.
Y no puedo dejar de citar al jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra, el general Amador Enseñat y Berea. Es gallego, concretamente coruñés, y su labor durante estos últimos cinco años al frente del Ejército es digna de resaltar. Su brillante currículo lo avala. Primeraco (término como en los ejércitos se conoce a los números uno) de la Academia Militar de Zaragoza, de la de Artillería en Segovia y de su promoción del Estado Mayor; políglota, licenciado en Ciencias Políticas y académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Mi general, a seguir prestigiando nuestro Ejército.