El lector como artista

Cristina Gufé
Cristina Gufé VENTANA ABIERTA

OPINIÓN

Un hombre leyendo un libro.
Un hombre leyendo un libro. David Asta Alares | EFE

Solemos concebir la obra de arte como una creación del artista destinada a que otro ser humano la capte, se convierta en el receptor de la misma, como si se tratase de establecer una relación entre individuos. Esto no es así, según expresa Silvia Bardelás en Una conciencia nueva al profundizar en el vínculo que va a surgir de la verdadera experiencia estética. En este ensayo, la autora nos muestra cómo el mundo conocido ya está agotado y se precisa una conciencia ingenua —sin prejuicios— capaz de abrirse a posibilidades de relación. La visión racionalista, que tanto éxito ha tenido hasta ahora y que nos ha llevado a crear sofisticada tecnología, no basta ante los avances de la nueva ciencia representada, por ejemplo, por la física cuántica. La inteligencia artificial nunca será inteligencia porque no puede sentir, desear, ni generar belleza desde su interior.

En lo que se refiere al arte, se puede decir que su misión consiste en crear ocasiones de compartir intimidad, es decir, relaciones entre seres humanos desde la personal y única subjetividad de cada uno de ellos, algo que nos permita emocionarnos con el fin de alcanzar la plenitud que solo procede de que seamos capaces de establecer cercanía: ahí prende y se genera la fuerza energética que puede hacernos vibrar, ampliar nuestra experiencia, conocer, sentir. «El autor al otro lado de la mesa firmando libros, creando una relación ficticia con el lector, cuando la verdadera relación se produce a través del texto», ejemplifica Bardelás. La misión del arte es la creación de experiencias que se hallarán presentes en la relación. El novelista, por ejemplo, no nos interesa como individuo, sino como sujeto que lleva consigo toda la herencia cultural, complejo trenzado de relaciones que estarán presentes en su obra, que, a su vez, procede de otras y se abre a otras para crear la red ininterrumpida de posibilidades de más relación. Así, no solo es artista el creador de la novela, sino también el lector, sin el cual la obra dejaría de serlo. Si el escritor es artista, el que lee también, porque está participando de una amplia red que se ha ido creando y que en el momento de la lectura también llega al lector, que, a su vez, estará ampliando su campo de conciencia.

La autora plantea que lo que le interesa al poder es tratarnos como individuos que se puedan contar y manipular: «Lo subjetivo es castigado violentamente para que las relaciones de poder puedan subsistir». Las subjetividades —interioridad, intimidad— son en exceso etéreas e invisibles, originales, imprevisibles, nuevas, incluso podrían ser espíritu. Tal vez por ello el arte camina despacio, se le dificulta el camino por la naturaleza inmaterial e incontable de sus logros, por su tendencia a romper con lo establecido que se mantiene entre leyes y normas, cuando al ser humano lo que le satisface es la energía vital que le hará ser, sentir, vivir, alcanzar la plenitud a la que se orienta el arte.

Este ensayo nos recuerda que el alimento espiritual no abunda, y el arte —que no deja fuera a nadie, ya que el receptor es tan importante como el creador—, podrá llenar nuestro vacío, siempre que nos acerquemos, con una conciencia nueva, al descubrimiento del mundo que no oculta la belleza que se multiplica si nos atrevemos a compartirla, porque la belleza solo está en nosotros: seres humanos.