La codicia

Manuel Blanco Desar
Manuel Blanco Desar EUROPA NOSTRA

OPINIÓN

Xi Jinping pasa revista a las tropas estacionadas en la región administrativa especial de Macao.
Xi Jinping pasa revista a las tropas estacionadas en la región administrativa especial de Macao. CONTACTO vía Europa Press | EUROPAPRESS

En el año 2001, los codiciosos occidentales aceptaron al Partido Comunista Chino en la Organización Mundial del Comercio. Los teólogos del capitalismo antes renano se inventaron autojustificaciones: a medida que la tiranía creciese, tendería a democratizarse. En Amnistía Internacional nunca lo vimos claro, porque era teología neoliberal de la peor calaña, como la que justificaba la esclavitud en el siglo XIX.

En 1993 se publicó el libro blanco Crecimiento, competitividad, empleo. Retos y pistas para entrar en el siglo XXI. Acababan las cuatro décadas gloriosas de la economía europea. Ese año algunos veíamos el riesgo de la molicie y la inercia. Pedíamos la unión federal, sin soldada ni medallas pensionadas.

Ha transcurrido más de un cuarto de este siglo. Jacques Delors está muerto y enterrado. No necesitaba título de economista, como tampoco el presidente de la Reserva Federal William McChesney, que estudió latín e inglés antes de ser propuesto por Truman y conducir el dólar a los altares. Pero ha comenzado el segundo cuarto del siglo corriente.

La mayoría de los europeos viven el perpetuo día de la marmota feliz por su alcoholismo. Son como esos que piensan que va a haber fondos europeos para siempre, en el caso español desde 1989. Pues no. Habrá que pasar un particular síndrome de abstinencia sin metadona.

Aquellos codiciosos que transfirieron savoir-faire y know-how por ganar unas perras más despidiendo a trabajadores y técnicos de nuestros astilleros para hacer barcos en Asia, o para confeccionar camisas de marca, ahora malgastan sus plusvalías en consumo conspicuo o vicioso. Más yates, más coca, más implantes.

Los lerdos teólogos de esta fe que nos ha vencido ahora también quieren que volvamos a construir barcos, y camisas, y teléfonos, o coches o aviones de combate. Es sugestivo creer en los milagros, por no caer en la depresión. Cuando en vísperas de la extinción de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) estaba negociando el único asunto siderúrgico que tuve en treinta años de carrera profesional, los probos de la Comisión se empeñaron en repetir los dogmas de sus amos políticos, porque la producción de alambrón o ferralla no era vital para Europa, aunque los precios mundiales estaban subiendo.

Pudimos hacerlo mejor, pero los máster de las finanzas nos inocularon su codicia. Greed is Good. Gold is God («La codicia es buena. El oro es Dios»). El becerro dorado. Teníamos la primacía del saber, de los televisores, de los teléfonos móviles, de… Así deslocalizamos, y los que eran alumnos desde el siglo XVI se convirtieron en maestros en el XXI. Ahora va a ser duro tener más patentes industriales que los que ya gozan de la mayoría en el planeta: China. La codicia para atesorar nos consume, como el vicio que financia.