He visto una larga película de aventuras que se desarrolla en la antigüedad en el mar Mediterráneo. Es larga y ruidosa, le sobran metros y corcheas, pero es entretenida. Hay un tío que a veces se llama Odiseo y otras se llama Ulises. Aparece primero en una playa donde hay un inmenso caballo de madera encallado en la orilla. Dentro del caballo están Odiseo y otros tipos, que entran en una ciudad amurallada y la conquistan. Su jefe parece Darth Vader, pero lo llaman Menelao. Cuando, tras la conquista, se vuelven a sus casas, nos dicen que llevan allí diez años. Pero, al parecer, Odiseo tarda en regresar a la suya otros diez, porque en el camino le pasan muchas cosas, todas extrañas. Sobre todo, visita islas de mujeres raras.
Desde mi butaca, viendo aquello, me entró un runrún extraño. Había cosas que me resultaban conocidas. Me recordaba vagamente a una novela clásica titulada La odisea, un largo poema épico escrito hace casi treinta siglos por un tipo al que llaman Homero, que parece que no existió o, si sí, era ciego. Lo que yo había leído narraba con una cadencia (como todo poema) que a veces era lamento y otras una exaltación, la historia que, a trompicones, estaba viendo en el cine.
Y yo lo que más recuerdo de la lectura son los ojos de lechuza de la diosa Atenea, la Aurora de rosáceos dedos, las cráteras de vino para las celebraciones, o el cíclope arrogante y reflexivo ante el que Odiseo dice llamarse Nadie. Entonces me di cuenta de que aquella película era un plagio.