Es la noticia de la semana. Un gigante de internet, la todopoderosa Meta, llegó a un acuerdo multimillonario en Estados Unidos para evitar un juicio que podría haber acabado con la corporación. Para salvar su algoritmo, la compañía de Mark Zuckerberg no solo pagó con dinero, sino también con un compromiso de cambio: los límites para menores llegarán a Facebook e Instagram en Estados Unidos. Y con un factor importante: el reconocimiento explícito de que sus adictivas plataformas, máquinas de atrapar el tiempo muy entretenidas, son dañinas en general. Tanto para las personas como para nuestras asediadas democracias.
El pacto recuerda al que en su día firmaron las grandes tabacaleras en 1998 en Estados Unidos. Soltaron mucha pasta y reconocieron que lo que vendían era veneno mortal. Aquel acuerdo abrió el camino a la reducción del tabaquismo en el mundo. Hoy las cajetillas ponen en letras muy claras un mensaje inequívoco: fumar mata. ¿Tendremos que hacer lo mismo con las redes? ¿Incluir una advertencia al acceder a ellas que avise de forma fehaciente de lo que ocurre si las usas sin control, referencia y medida? Por supuesto, no solo debería hablar de los riesgos de adicción, sino también explicar que esas plataformas fomentan el odio social. Y los bulos y la desinformación.