Las chicas no son ahora más listas que antes. Los datos de PISA no significan una victoria femenina, sino un gravísimo fracaso educativo con castigo desigual. Desde el primer informe PISA en el año 2000, las niñas ganaban en lectura con claridad, se acercaban al empate en ciencias y perdían en matemáticas. Veinticinco años después, España firma los peores resultados de la serie en las tres competencias. Ellas amplían su ventaja en comprensión lectora, la competencia que más determina el progreso en los estudios.
Pero bajan respecto a informes anteriores; el problema es que ellos han caído más y quedan muchos por debajo de los niveles mínimos. En ciencias, chicas y chicos empatan ya, tampoco porque ellas mejoren —ocurre lo contrario—, sino porque ellos se descalabran.
En matemáticas los chicos conservan una ventaja apreciable: no han avanzado ellos, han retrocedido ellas.
Sin embargo, la crisis sigue sin admitirse. El abandono temprano de los estudios ha bajado, pero en el 2025 alcanzaba todavía al 15,9 % de los hombres y al 9,5 % de las mujeres. Ellos parecen una minoría menguante en la universidad, catorce puntos porcentuales por debajo. Dos de cada tres plazas mir se adjudican a mujeres. Y las nuevas promociones de jueces y fiscales se han feminizado de manera todavía más acusada.
¿Mantendremos los discursos ideológicos o nos pondremos con el desastre y, en particular, con el de los chicos? Hay una brecha que atender y las medidas que se han tomado en estos años, no solo en España, parece que la han ensanchado o, al menos, han sido incapaces de estrecharla. También podemos seguir desmejorando a las chicas, borrando a los chicos y repitiendo que en la escuela nos jugamos el futuro.