Los Comunes británicos han rechazado legalizar la muerte asistida para adultos terminales de Inglaterra y Gales. La propuesta se limitaba a pacientes con una esperanza de vida inferior a seis meses, y sin trasladar al personal sanitario la carga de participar en una muerte que puede repugnarle. Aun así, cayó por 286 votos contra 270, con libertad de conciencia para los diputados, también para los laboristas. Escocia había rechazado en marzo una iniciativa semejante, por 69 votos a 57. También Eslovenia.
La civilización empezó cuando los muertos merecieron tierra, cuidado y memoria. Según Vico, humanitas viene de humare, que significa enterrar. Había humanos donde se enterraba, porque los muertos nada pueden devolver. Y civilizar consiste en proteger al que ya no puede protegerse, en cuidar a quienes ya no sirven, ni producen. Por eso la eutanasia marca, como ha dicho Michel Houellebecq, una frontera de la «descivilización»: cuando la dependencia empieza a contemplarse como una factura, el dependiente resulta más caro que el muerto.
Me quedo con la entrevista de Carlos Roca a Naia Llabrés, una chica menorquina de 16 años, enferma de un imparable osteosarcoma en el cráneo. Estaba en cuidados paliativos, sabía que moriría pronto. Falleció el 18 de julio, unas semanas después de grabar aquella conversación, que pidió que no se difundiera en vida suya. Naia se declaraba atea, pero imaginaba una eternidad con sus padres y sus hermanos. Todo en ella era un canto a la vida: la injusticia de tener que morir tan pronto, el dolor de dejar a los suyos, la pena anticipada de sus amigos. No pedía que la mataran; pedía, como pide cualquiera que ama, que la muerte no gane a la vida.