A la Academia Española le ha caído más de un chorreo en las redes sociales por conservar en su diccionario la palabra almóndiga. Lo cierto es que está ahí desde la primera edición de la obra, de 1726, aunque ya entonces, y hasta hoy, remitía desde ella a la forma ortodoxa, que es la que más se emplea, y la única en la lengua culta, albóndiga. Esta da nombre a unas bolas de carne o pescado muy picado que se mezclan con huevo batido, pan rallado y especias, y que se suelen sofreír y guisar. En la actual edición del DLE se han incorporado las notas de que almóndiga es «nombre femenino desusado» y que «es usado como vulgar».
Aquella primera edición, la conocida como Diccionario de autoridades, indicaba varias posibles etimologías de albóndiga. Con el tiempo, la RAE se ha quedado con albúnduqa, del árabe hispánico, procedente a su vez del árabe clásico bunduqah, y este del griego (káryon) pontikón ‘(nuez) póntica’, por similitud en la forma. «Qualquiera de estas etymologías —concluía en 1735— es mui própria por su significado, y por la voz: y añadiendo el artículo Al conviene con nuestra voz Albóndiga».
Efectivamente, en los textos antiguos ya se empleaba más albóndiga. Es la forma que utiliza Enrique de Villena en su tratado gastronómico Arte cisoria, de 1423: «... son menester especiales tajos, así como empanadas, pastiçes, asadas, albóndigas rellenas, el vientre del puerco adobado, la cabeça del puerco, tripas rellenas, morcillas, longuanizas, sopas doradas, tartras, fojaldes, panes de figos, sopresadas e otras muchas que se cuentan en el arte del cozinar».
Pese a la indicación de la Academia de que no debe emplearse almóndiga (Diccionario panhispánico de dudas), de la que también dice que es «propia del habla popular de algunas zonas», su manifiesto rechazo no les basta a algunos personajes poco leídos. Estos parecen creer que la mera presencia de almóndiga en el Diccionario avala su uso, pese a las notas que lleva el artículo. Y ello explica que aún hoy aparezca en algún texto.