Maricarmen

Jorge Sobral Fernández
Jorge Sobral CATEDRÁTICO DE PSICOLOGÍA. DEPARTAMENTO DE CIENCIA POLÍTICA Y SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDADE DE SANTIAGO

OPINIÓN

Una pancarta con la imagen de Maricarmen en la acampada de la Puerta del Sol de Madrid.
Una pancarta con la imagen de Maricarmen en la acampada de la Puerta del Sol de Madrid. Violeta Santos Moura | REUTERS

Hay vidas que dejan de pertenecer a sus dueños. Y después de muertas son definitivamente expropiadas. Por ejemplo, la de Maricarmen. Gotitas de su vida, y su muerte entera, han sido manoseadas, formateadas con exhaustivo afán, en ese taller de alfarería social en que se ha convertido el pack de redes, medios y conversación pública. Viva y muerta, se la sometió a una operación de apropiación de significados que haría las delicias de G.H. Mead, inspirador, y de Herbert Blumer, ejecutor, en el Departamento de Sociología de Berkeley del gran proyecto académico del Interaccionismo Simbólico. La situación, la cosa, la persona, no importa más que como excusa para proyectar sobre ella, y extraer de ella, los significados que convengan. Y, en el subsecuente comercio social, cada interpretación logra un determinado valor de mercado: la o las interpretaciones dominantes. Claro que a estos señores les corrigió parcialmente Pierre Bourdieu, recordándoles que ese zoco de significados suele estar trucado. Quien tiene más poder suele ganar la batalla simbólica, imponiendo la gramática parda del relato. Los significados, el de Maricarmen en este caso, están lejos de ser propiedades naturales de las cosas; se construyen en la interacción de agentes sociales, cierto, pero en desequilibrio de poder. Quien más tiene, más impone su traductor de sentidos. Así de sencillo.

El símbolo Maricarmen adquirió vida propia y dejó de necesitar a la persona real. Se ejecutó uno de esos interesantes procesos de transferencia desde el universo de lo empírico, de lo real, la persona y sus cosas, al de lo representado, de lo construido, al etéreo imaginario colectivo. Entonces, todo mutó en representación, en escenario teatral para interpretaciones enfrentadas. La discusión ya no versa sobre Maricarmen, sino sobre lo que unos y otros quieren, necesitan, que Maricarmen signifique. La representación legítima de la realidad está en juego, así como la autoridad moral para hablar en nombre de ella, o mejor, de su símbolo.

A un lado del espectro político, izquierdistas supuestamente puros, teóricamente vírgenes del virus socialdemócrata reformista, cultivan con esmero ese jardín simbólico, mientras muestran unas miserias políticas y/o personales incompatibles con los valores que dicen defender. En el otro, algunas muestras de cínica insensibilidad, de cruel callo emocional, asustan. El argumentario se llena de reproches a la fallecida, por derrochona, binguera, poco ahorradora. Se murió sin casa por ineptitud y desidia.

A unos les resultó más fácil administrar simbólicamente el sufrimiento de otra persona que detectar en el espejo sus propias y narcisistas incapacidades para hacer una oferta política viable. A los otros, olfateando la Moncloa, les venía fatal esa muerte. Muy inoportuna, Maricarmen. No sea que se despierten conciencias anestesiadas.

Desconozco si deja familiares o quien sea que se preocupe por su memoria, por su legado. En su caso, me preocuparía en devolverle lo que la batalla simbólica le ha arrebatado: su condición de persona, anterior a cualquier consigna y más valiosa que cualquier interpretación. Porque el símbolo puede ser de todos. Pero la muerte fue solo suya. Descanse en paz.