¿Por qué arde Europa?
OPINIÓN
Los internacionalistas estamos acostumbrados a que nos pregunten por el futuro. Debe haber algo en la mirada de un internacionalista que nos atribuye dotes adivinatorias. ¿Habrá una nueva guerra mundial? ¿Cuándo terminará la de Ucrania? ¿Acabará la IA con la humanidad? Tenemos elementos para entender e intentar explicar el mundo, pero siempre es impredecible. Y cada vez más. Como en la inefable película de Stanley Kramer, el mundo se ha vuelto loco, loco, loco, loco.
No esperen, por tanto, que les diga qué pasará con esta Europa en llamas, desde Francia hasta Albania, pasando por Italia y España. A cambio, les ofrezco una reflexión para extirpar la violencia de nuestras democracias.
Mi querida y pacífica A Coruña sigue humeante tras una noche de violencia descontrolada a manos de grupúsculos radicales antisistema, agazapados entre gente pacífica en la que se parapetan para luego desatar su odio. La fugacidad de las redes sociales impide que mucha gente —de bien— distinga al violento del pacífico, al delincuente del estudiante, al bueno del malo. La estrategia es tan eficaz como ruin. Es eficaz porque convierte al agresor en víctima, logrando que los violentos sean amparados por algunas personas de bien. Es ruin porque logra extender el odio y, probablemente, la violencia.
Media Europa sufre este fenómeno, con mayor o menor intensidad. Hay elementos diferenciales entre unos países y otros, pero resultan especialmente llamativos los elementos comunes. Manifestaciones pacíficas son instrumentalizadas por criminales para generar caos. Causas legítimas, como la mejora de las condiciones de vida o la lucha contra la corrupción, convertidas en robos a comercios, violencia callejera y agresiones a trabajadores, ciudadanos, periodistas y fuerzas del orden. Incluso la simbología utilizada por estos radicales y sus cómplices llega a ser idéntica, en platós de televisión, en redes, en calles o en barricadas, desde A Coruña hasta Berlín, pasando por París o Milán. ¿Coincidencia?
La violencia solo beneficia a los violentos, cuyo objetivo es subvertir la paz, el orden y la democracia. Las principales perjudicadas son las causas legítimas tras las que se esconden y quienes las defienden: estudiantes, trabajadores, ciudadanos, etcétera. En democracia, ninguna causa legítima justifica la violencia. Pero el perjuicio puede llegar a ser mayor e irreversible para la sociedad y para la democracia. Sentí algo extraño ayer cuando vi a mi alrededor gente pacífica complaciente con los violentos.
«Todos queremos que Europa cese de ser un manicomio de fanáticos y belómanos; pero nadie aspira a que sea un monasterio de trapenses». Salvador de Madariaga hizo esta reflexión estando al frente de la Sección del Desarme de la Sociedad de Naciones. Europa ya había sufrido la Gran Guerra y estaba condenada a la Segunda Guerra Mundial, confirmando que seguiría siendo, todavía más, el continente de la violencia. Desde entonces, la UE logró convertir la mayor parte de Europa en una isla de paz, de democracia y de bienestar para sus cientos de millones de habitantes a lo largo de casi ochenta años. Y digo una isla porque la paz, la democracia y el bienestar que tenemos en Europa, con sus múltiples críticas e imperfecciones, es una excepción en el mundo. Miles de millones de personas no tienen democracia, ni paz, ni mucho menos libertad, ni bienestar. Quizá debemos reflexionar y cuidar lo conseguido. Quizá luego sea demasiado tarde. Si no lo es ya…