En política, cuatro semanas son cuatro siglos. Todo cambia en un segundo, en un pueblo de Toledo. La política es un reloj de arena sin arena. Pedro Sánchez había conseguido algo increíble: agitar la campaña. Las aguas se movían. Olía a remontada. Hay partido, decían. No está todo perdido. Los zurdos ya estaban convencidos de todo eso. En la derecha lo negaban. Pero Feijoo empezaba a oler otra vez a la peor naftalina para un político: ser el campeón solo en las encuestas, como hace tres años. Sánchez deseaba seguir el camino que marcaba Lula. Movilizar a su ejército de partidarios en WhatsApp. Triunfar con esa mezcla de veneno y vitamina que son las redes. La precampaña se pintaba de rojo. Se jugaba en los platós frívolos de la tele, con bromas, con bailes. Se debatía sobre los vaqueros. La izquierda era la sonrisa. La fuerza del amor, hasta en camisetas. En memes enrollados. Y la derecha, el dúo del manso Feijoo con el sultán Abascal, sin química. Mandaban los chistes. Retrasar el reloj una hora es lo mismo que votar a Feijoo y a Abascal y atrasar el país cuarenta años. Parecía que funcionaba todo ese teatro. El relato volvía a pertenecer al inquilino de la Moncloa. Pedro Sánchez se reía de ser «Perro Sanxe». ¿Dónde está Soto del Real? ¿Dónde los secretarios generales del PSOE condenados? ¿Dónde quedaban las joyas de Zapatero? ¿Dónde la condena al hermano del presidente? Funcionaba el gas de la risa. Hasta que la realidad mandó parar. La realidad es muy cruel. Llegó el accidente. El choque brutal, el segundo fatal para el sueño de Sánchez. Otra tragedia y la precampaña se deshizo. Encima, el segundo golpe en la misma línea ferroviaria en nueve meses vuelve a afectar al ministro amigo de Sánchez, a Óscar Puente. A uno de los que más le gusta dar caña y menos ejercer la responsabilidad. Quedan cuatro semanas. Y cuatro semanas son cuatro siglos. Pero creo que esta vez se acabó. Game over. No es cuestión de mala suerte. Es un Gobierno con una coalición extrañísima que se ha saltado el mandato constitucional de tener Presupuestos. Cinco años sin cuentas del Estado. Y no da igual. Los números de un país sirven para cuidar las infraestructuras. Cuando se sufren dos tragedias tan seguidas, todos los memes que parecían graciosos se convierten en obra de memos. Olviden que se juega la presidencia. Está en disputa la administración de una finca que ha sufrido dos desgracias imposibles de asimilar en nueve meses. No hace falta más. Cualquiera lo que hace es cambiar al administrador de la finca. Sánchez volverá a intentar hacer su magia. Al límite. Esa que a veces le hace poner caras extrañas, del enfado a la risa altanera. Forzará esos errores a los que Feijoo parece estar en ocasiones abonado en los debates, pero dudo que los votantes muten más. Están cansados. Toca cambiar, como tocó con Aznar, por mentir precisamente con Acebes sobre el origen de los muertos de unos atentados en trenes. Igual necesitamos al que los zurdos ven como aburrido y manso. Igual es la hora de un gestor sin más. Alguien que nombre ministros capaces, no ministros tuiteros. El 29N saldremos de dudas. Pero una montaña de muertos en otro accidente ha dejado a Sánchez desorientado. Hay límites que te borran. A ver por dónde sale.