CONTRAPUNTO | O |
21 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.ANTEAYER fue un indigente muerto. Ayer, dos jóvenes detenidos por intentar cortar la yugular a un tercero. Dos hechos puntuales en una capital de provincia que aún puede calificarse de segura. No hay sensación en Ourense de inseguridad y la vida transcurre, con los avatares normales de la sociedad actual, sin grandes sobresaltos cotidianos. Con todo, los últimos acontecimientos no dejan de encender la luz de alerta por la facilidad con la que se utiliza la violencia como signo de discusión. El asesino del Guindas se fue tan tranquilo después de cometer su fechoría. Los jóvenes que ayer pasaron a disposición judicial no dudaron en acuchillar a un tercero en un local de salsa e irse tan tranquilos a su casa. Parece envolverse la violencia en el papel de celofán de la normalidad. Y ahí está el peligro. Que los asesinos no tengan conciencia de que lo son. Que los violentos no midan sus actos. Ante esta realidad no vale la resignación. Las autoridades tienen la obligación de garantizar un caldo de cultivo propicio para la erradicación de la violencia. Como acertadamente apuntaba el presidente del Comité Antisida de Ourense, la violencia callejera en la capital es consecuencia de la extrema marginalidad en la que viven muchas personas y de la falta de recursos para darles una oportunidad de inserción sociolaboral. Es aquí dónde entra la decisión de los políticos. Ellos administran los fondos ciudadanos y establecen prioridades presupuestarias. Demasiadas veces observamos como se derrochan millones y millones en obras prescindibles (y no estoy pensando tan sólo en la Cidade da Cultura) y como faltan después subvenciones de subsistencia para atender a los desprotegidos de la sociedad. Un giro social en los presupuestos públicos (menos cemento y más formación) podría aliviar algunas de las situaciones sangrantes que después derivan en la página de sucesos de los periódicos.