CONTRAPUNTO | O |

08 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

MONSEÑOR Diéguez Reboredo, con la autoridad que le dan sus muchos años al frente de una diócesis (primero en la de Ourense y ahora en la de Tui-Vigo) afirmó que había espacio en Galicia para una nueva sede episcopal. Situó la afirmación en una reflexión de mayor enjundia: «Hay que estudiarlo a nivel de toda la autonomía; habrá que hacer una reestructuración y si en esa reestructuración sale una diócesis nueva en Pontevedra, me parece estupendo». Es en ese marco, en el de la reestructuración en Galicia, donde entra Ourense con su peculiar situación. La provincia tiene una diócesis que lleva el nombre de Ourense pero que tan sólo tiene jurisdicción sobre una parte de su territorio pues las comarcas de Valdeorras, Trives y O Bolo pertenecen a la diócesis castellano-leonesa de Astorga. ¿No es éste un contrasentido? Si, como dice monseñor Diéguez, Pontevedra tendría que dejar de pertenecer a Santiago y tener una diócesis propia, parece oportuno que en esa posible reestructuración se dote a la de Ourense de jurisdicción sobre la totalidad de los 92 ayuntamientos. Lo demanda la sociedad de las comarcas implicadas (los alcaldes se pronunciaban ayer en La Voz a favor de la segregación de Astorga) y el sentido común. Parece un anacronismo la rotura de la identidad de un pueblo aunque sea por motivos tan estrictamente personales como los religiosos. Las parroquias del oriente ourensano están regidas por sacerdotes de Castilla y León, desconocedores, por ejemplo, de la lengua gallega que en el medio rural es de uso normal y mayoritario. Muchos logros parecen inicialmente utopías. La unificación de la diócesis ourensana no tendría que quedar al albur del futuro. Según en su día se regularizó la situación de Castro Caldelas (que pertenecía a Lugo), ¿por qué no ahora la del resto de concellos?