CONTRAPUNTO | O |
14 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.EMPIEZAN prohibiendo (¡qué verbo tan horrendo en boca de unos gestores de izquierda!) las flores en las habitaciones de los enfermos y acabarán expulsando las visitas y limitando todos los avances que en la humanización de la atención hospitalaria se han realizado en los últimos años. No hay razones convincentes para que las autoridades sanitarias decidan una medida tan drástica que atenta contra la costumbre inveterada de darle una dosis de optimismo a quien está recuperándose de una dolencia. No se trata, que también, del daño que se le está haciendo al sector de las floristerías que, en gran medida, son pequeñas empresas familiares. Suprimir de golpe y porrazo, sin más avisos previos que unos carteles que rezan, imperativos, la prohibición parece una desmesura. Semeja más una improvisación que una meditación como lo avala el que la gerencia del Chou afirme que la única decisión en vigor es la retirada de las plantas ornamentales propiedad del complejo mientras los carteles ubicados en las puertas («no se permiten plantas y flores, naturales ni artificiales», «prohibido traer flores») desmienten tan rotunda, y falsa, afirmación. Las flores, tan beneficiosas por sus efectos curativos (está ganando adeptos su uso alternativo en distintas dolencias), llevan muchos años entrando en las habitaciones de los enfermos sin que, hasta el momento, las autoridades sanitarias hayan exhibido ningún estudio científico que pruebe los efectos nocivos para el paciente. Seguro que hay testimonios de personas a las que se le dibuja un rictus de satisfacción en la cara cuando ven llegar el afecto de los seres queridos en forma de rosas o clavelinas. El efecto psicológico del regalo no debiera ser desdeñado por los responsables del Chou. Que no se conviertan las habitaciones en un vivero, se entiende. Que se fijen unas horas de entrega, también. Que se suprima la tradición, ¡para nada!