CONTRAPUNTO | O |
14 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.NO son sólo las grandes tragedias las que nos deben conmover por imperativo mediático. La globalización hace que, por ejemplo, la muerte de un niño en las antípodas nos conmueva y nos haga reflexionar sobre la miseria humana. Incluso puede ocurrir que nos sensibilicemos más ante lo lejano y lo desconocido que ante la realidad próxima. Este fin de semana de presentación de presupuestos en el concello de la capital (unas cuentas de epitafio final, tristes y desangeladas) es especialmente melancólico porque la muerte se ha presentado en sectores tan importantes como la sanidad y el deporte. Laude Morán nos dejó en plena juventud después de muchos años dedicados, con tesón y vocación, al muy noble oficio de enfermera en el Chou. Lo hizo el mismo día que otro joven (¡que son 60 años sino el inicio de una vida!), de nombre deportivo Cortés, decía adiós dejándonos en el recuerdo sus galopadas por la banda derecha del Couto (¡Cortés, Seara, Carballeda, Pataco y Túnez!) y Riazor. Con ellos, y con otros ourensanos anónimos que dejaron estos días el dolor en su íntimo círculo familiar, todos hemos perdido un poco. Porque la muerte de cualquier persona nos disminuye como colectivo de tal forma que cuando doblan por ellos las campanas también están doblando por la sociedad que sufre la pérdida. El sufrimiento por las personas también incluye a las instituciones. Tal día como hoy, en el ya lejano 1956, se firmaba la primera constitución democrática de España después de la Guerra Civil, la de Benposta. Cincuenta años después, aquella iniciativa (ideada y alimentada por el padre Silva) que llevó el nombre de Ourense por los cinco continentes, está a punto de poner el RIP. ¡Qué infeliz aniversario! ¡Qué última tragedia que un proyecto educativo tan innovador haya quedado reducido a una polémica mercantilista! Pero así es la muerte, siempre triste, siempre sorprendente.