CONTRAPUNTO | O |

10 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

AYER fue en Verín y mañana será en otro lugar. Un representante de la Xunta llegó y, cual rey mago, dejó una lluvia de dinero público sobre el fértil valle de Monterrei. Estamos ya en la liturgia de la democracia subvencionada que todavía anida en Ourense. Aquí, desde hace casi 30 años, se repite el mismo ritual. Seis meses antes de las elecciones los políticos en el poder recorren sus predios repartiendo promesas para finiquitar el secular atraso. Pasadas las mismas, padecen amnesia y se guardan buena parte de las ofertas para otros comicios. Y aunque parece que el truco se descubre fácil, lo cierto es que el sistema funciona porque se generaliza en todos los partidos. Lo utilizó (¡y cómo!) el PP cuando gobernó, lo hizo (y lo hace) el PSOE y el BNG ya puso el primer pie en la senda. Lo que no se sabe es la razón que perpetúa esta estrategia. ¿Será que los políticos son muy listos y engatusan a los electores o será que éstos son despistados y se dejan colar siempre el mismo farol? ¿Alguna vez se romperá la noria? ¿Llegará una mayoría de electores reflexivos a utilizar el extraordinario capital de su voto individual para marginar prácticas políticas arrastradas de los tiempos más duros del caciquismo provincial? En las grandes ciudades, el efecto de la democracia del favor es menos perceptible pero en una sociedad rural como la ourensana, con 338.671 habitantes distribuídos en 92 ayuntamientos (de los que 50 tienen menos de 2.000 habitantes y tan sólo 11 superan los 5.000), obtiene unos réditos importantes. Las promesas de saneamientos, asfaltados, puntos de luz, aceras y similares se traducen en mayorías municipales. Con un gobierno de progreso en Madrid y Santiago parecía que esto cambiaría y que las obras se harían por el derecho de los vecinos a disfrutarlas y no por el favor generoso de un político. Pero no, todo sigue igual. La percepción había sido un espejismo, una mera ilusión.