Era un día de abril de 1655 cuando Luis XIV, Rey de Francia, ante las críticas del Parlamento por el excesivo gasto en aventuras bélicas, dijo: «¡El Estado soy yo!». Y la expresión quedó acuñada para expresar con ironía el despotismo y la ambición ilimitada de poder. Más de tres siglos después, y a la vista de lo que está aconteciendo en los predios ourensanos del PP, bien se podría poner una expresión similar en los labios de Baltar: «¡El PP soy yo!». Así fue durante 20 años (¡cuántas cabezas brillantes fue apartando de la gestión pública!) y así quiere que siga siendo con su hijo al frente de la franquicia política que representa en Ourense. Éste es el quid de la cuestión. Baltar no lidera una empresa particular y sí una colectiva que se llama Partido Popular, que tiene sus reglas y sus normas y que son de obligado cumplimiento. Ahora les entra la fiebre galleguista, se apartan de la política de Feijoo con el idioma y lo quieren apartar a él, que reconquistó la Xunta para los suyos a pesar de que en Ourense se perdió un diputado, del futuro del PP de Ourense. Baltar padre y Baltar hijo aplaudían en el congreso gallego que encumbró a Feijoo y fijó las políticas globales del partido. Nada dijeron allí de galleguismo ni ourensanismo. Dejaron ambos términos para esgrimirlos en su finca, como si fuese una isla dentro del PP. El baltarismo ya intentó modificar las reglas del juego con Fraga (con la asonada de la banda del nene que, ¡vaya ironía!, es el que quiere dirigir la empresa a la que antes extorsionó) para, según reconoció Baltar, apoyar al amigo Cuíña. Ahora genera la división del PP también por un motivo particular, colocar al hijo en su lugar. Nunca es Ourense el objeto de sus análisis. Siempre pone lo personal (llámese Cuiña, llámese José Manuel) por encima de lo colectivo. Un día le ocurrirá lo que a la monarquía francesa. El pueblo galo se cansó y gritó: «¡El Estado somos nosotros!». A orillas del Miño llegará la fecha en la que también los militantes del PP, hartos de que les vendan como favores lo que son sus derechos, gritarán: «¡El PP somos nosotros!». Ese día se habrá dado un paso para que Ourense deje de estar a la cola de tantas estadísticas. Porque lo colectivo pesará más que lo individual y porque las manos de todos serán más fuertes que el dedo de uno.