Lo que tendría que ser una fiesta de la democracia se ha convertido en una guerra. Gane quien gane la presidencia del PP, y pocas dudas quedan de quien será el triunfador, habrá perdido la democracia. El presidente del PP, José Luis Baltar, logró en los últimos 20 días, justo cuando un militante osó presentarse a un cargo que él había diseñado para su hijo, convertir lo que era una balsa de aceite en un gran carajal. Vuelve a fraccionarse la derecha y vuelven los odios al PP. El caso de A Bola es significativo. En las municipales del 2007 se enfrentaron allí candidatos del BNG y del PP. Los primeros habían militado en el partido de Rajoy y lo abandonaron para caer en brazos de Quintana. El PP tuvo que improvisar una candidatura para hacerle frente a los traidores. Tres años después, esos traidores son los que ha elegido Baltar para desalojar a los leales del 2007. ¿Habrá mayor felonía? ¿Cómo puede el capitán de un barco arrojar por la borda a los que le fueron fieles y premiar a los que le originaron el motín? Tan solo desde la falta de respeto a los métodos democráticos (¿por qué seguían militando en el PP los que estaban en la lista del BNG?), se puede entender la decisión de Baltar. Si el triunfo de su hijo se basa en felonías como ésta, se está en vísperas de refrendar el gran pucherazo de las primarias del PP. Y una acción de este calibre tan sólo puede concluir con la expulsión de los felones. Para que dejen de medrar a la sombra de unas siglas que utilizan para su medre personal ciscándose en la democracia, esa palabra que define Wikipedia como «una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros». En la totalidad, no en uno, como en Ourense.