04 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Decía ayer Fernando Ónega que estamos en el ocaso del liderazgo. Los líderes políticos, más que líderes, son instrumentos (lo de marionetas habría quien lo malinterpretase) de otros entes. Atrás queda la utopía de que el poder reside en el pueblo que, como se ve elección tras elección, se limita a refrendar a unos personajes colocados en los puestos por afinidades o aversiones personales. Ourense no es ajena a esa corriente universal. Ourense es un páramo de liderazgo. Hay jefes de partidos y de instituciones pero no líderes que con su fuerza moral, su coherencia política y su ejemplo personal sirvan de guía para cambiar la provincia. Esconden los derechos y los presentan como favores. Buscan las fotos pero esconden los conceptos. Los líderes de la capital son un buen ejemplo de ese ocaso al que se refería Ónega. El que, según las encuestas, se sitúa en el primer lugar, el alcalde Paco Rodríguez, lo hace no tanto por éxitos propios como por deméritos ajenos. Se limita a no equivocarse sabiendo que eso es suficiente. Ni una mala palabra ni tampoco una mala acción. Ayer, por ejemplo, perdió una buena ocasión para decirle a los ourensanos, con hechos, que la crisis va en serio. Se organizó una magna inauguración de un parque público, con comida y bebida para centenares de invitados. Ya sé que es el chocolate del loro pero el regidor perdió una ocasión de oro para decir que Ourense, con 26.000 parados, 107.202 pensionistas y 19.222 funcionarios, no está para celebraciones. Una buena ocasión para dejar el mensaje que las obras públicas se hacen con dinero público para disfrute de los ciudadanos. Y para añadir que hasta que los brotes marchitos de la economía germinen, se concluyeron los fastos prescindibles en el Concello de Ourense. Mientras se siga con la política de las paparotas pierden la ocasión de demostrar, ellos, los líderes de izquierdas, que la sociedad que persiguen es aquella en la que los votos no se ganan, ni se pierden, por un plato de lentejas.