Con esto de la crisis, el déficit y los recortes, que a casi todos salpica, la clase política está siendo objeto de especial atención. Hay más, que tampoco es necesario bajar aquí al detalle, ni señalar con el dedo a nadie, pero el de los políticos profesionales ha pasado a ser un grupo de preferente vigilancia. Es que van por libre en algunas cosas, según conveniencia o sentido del viento, sin que sea posible asociar unas siglas concretas con una posición coherente, y pasa lo que pasa. Quedémonos en lo superficial y comprobemos cómo, verbigracia, los populares aplicaron distinta vara de medir para recortar sus retribuciones en la Diputación y el Concello de Ourense, o cómo nacionalistas y socialistas aceptaron en Vigo un ajuste que aquí rechazaron. Mosquea, claro.
Pongámonos en la piel del policía, el bombero, o el enfermero, que ha visto reducida su nómina y a estas alturas ya sabe cuánto va a dejar de ingresar en lo que queda de año. O en la del peatón anónimo que paga su IBI, alguna de las tasas municipales por obras, sufre la subida del IVA, o ha de hacer frente a impuestos como el de transmisiones o el de sucesiones. Cada cual sabe cuánto apoquina, pero no a qué se destina su dinero. Y las responsabilidades se diluyen. Se puede, entonces, acudir a un ejercicio que relaja un montón: ponerle cara al dinero. Como un veoveo un poco exagerado. Por ejemplo: si pagas un dinerito por heredar las leiras de tu madre, piensas que tus billetes se fueron al peto del popular Rodríguez-Miranda o de la socialista Laura Seara y que, tan ricamente, con tus ahorros has financiado sus muy honorables gastos de desplazamiento. Y si es un IBI, pues te haces a la idea de que estás contribuyendo a la nómina de algún enchufado de confianza, según preferencia política, en el Concello de Ourense o la Diputación. Sublime.
Serviría acudir a alguna de tantas obras prescindibles como se han hecho en los últimos años, es verdad, pero resulta más complicado. Y aburrido.