Por mucho que nos hayamos reído con la magistral interpretación de la obra de Jardiel Poncela realizada por los inolvidables José Isbert, Antonio y José Luis Ozores en aquella célebre Los ladrones somos gente honrada , ya sabíamos que el caco real, el de hoy en día, tiene mucho menos de tierno y sensible de lo que mostraban los protagonistas de aquella banda de carteristas reconvertidos en atracadores. Tampoco sería imaginable, en la sociedad actual, toparnos con un Zorro o un Robin Hood, dispuestos a robar a los ricos para repartir entre los pobres o castigar al poderoso en nombre de sus subyugados administrados. No. Las idea romántica de que también los malos (o los fuera de la ley) son humanos en el fondo y tienen su corazoncito no está hecha para el siglo XXI. Y la demostración más palpable esá en el robo a una anciana de Entrimo el pasado fin de semana. Premeditación, alevosía, nocturnidad y además... cobardía. Porque hay que ser muy cobardes para elegir tan cuidadosamente a la víctima más inofensiva que pueda imaginarse: anciana, impedida y sola entre casas abandonadas. Y hay que tener muy poco corazón para, tras echar una mirada a su humilde entorno, no saber que le vas a quitar lo poco que tiene. Y conste que con esta reflexión no estoy justificando el robo a chalés de adinerados, ni mucho menos.
La situación -que desgraciadamente se repite cada vez con más frecuencia en las zonas rurales de esta Galicia nuestra-daría para mil reflexiones, sin duda. Pero a mí se me ocurre una: no son ladrones por necesidad. No creo que nadie que sepa lo que es la necesidad y la pobreza tenga fortaleza de espíritu ni estómago suficiente para despojar a una anciana de lo poco que va logrando ahorrar de su pensión, ni que pueda entrar arrasando sus pocos enseres como hicieron los protagonistas (nada menos que tres, se ve que para darse ánimos) que, por si el dinero fuera poco botín, aún se pararon a comer las galletas de la abuela.