Vuelve la Navidad y me invade la esperanza de que la rutina de las celebraciones nos haga olvidar a los controladores aéreos sustituyéndolos en las conversaciones por personajes que siempre resurgen en estas fechas. Y aparte de inevitables melancolías, disfrutemos de ese impulso que nos empuja a expresar sin recato deseos de paz y felicidad a cuantos se nos ponen por delante. Y entrando de lleno en temas navideños, me congratula observar que la discrepancia entre árbol o nacimiento ha decaído por falta de entidad para ser discutida porque son más que compatibles ambos. Siempre echaré de menos aquel ir en busca de musgo para el nacimiento y siempre echaré de más el contemplar a cualquier árbol sufriendo lejos de su ambiente aunque luzca iluminado en la mejor habitación de la casa. En el seno de mi familia sigue abierto, aunque a punto de cerrarse, el debate sobre a quien encargarle los regalos de Navidad. La abuela y yo, el abuelo, seguimos fieles a los Reyes Magos de los que hemos sido primero beneficiarios y después contribuyentes a su causa. Y ahora más que nunca, ante la que consideramos desleal competencia de Papá Noel, les brindamos nuestra adhesión recordando que ni en los tiempos más difíciles nos faltaron en la noche mágica, cuando el del trineo y la barba blanca permanecía agazapado a la espera de tiempos mejores. Nuestros hijos, quizás porque han vivido la época donde existen reyes de carne y hueso, están encandilados con Papá Noel que, para ganar clientela, adelanta las fechas de entrega y suprime el castigo del carbón. Y menos mal que nuestros nietos, con ánimo de no despreciar a nadie, hallaron la ansiada y ecuánime solución: Reyes y Papa Noel. eduardo.olano@gmail.com