embrar para después recoger. La máxima se cumple en Manzaneda (en sentido literal y también en el figurado), donde los ganaderos han decidido sacarle horas al sueño para poder sembrar los montes quemados en octubre. No se han sentado a esperar que les lluevan las subvenciones o que vengan otros (a los que probablemente les correspondería) a hacer el trabajo. Han decidido echar una mano, porque les beneficia, sí; pero también porque tienen conciencia del lugar en el que viven. Porque podían haber clamado por ayudas, pues el dinero siempre viene asociado a este tipo de catástrofes (véase el cierre por contaminación de las rías, o el parón que supuso el Prestige en la pesca); pero han pedido simiente. Simiente para poder sembrar los montes arrasados y que estos vuelvan a ser pastos, de los que se beneficiarán ellos, pero también todos los demás. Se evitarán riadas y erosión en el suelo, y, por tanto, los poco agraciados arrastres a los ríos. Y con suerte, el próximo verano la sierra de San Mamede volverá a lucir tan verde como le corresponde. El de los hombres y mujeres que estos días trabajan sobre campo quemado (en el que todavía huele a ceniza) es un buen ejemplo de que, ante la catástrofe, solo vale sobreponerse y arrimar el hombro. Entre todos conseguirán que la hierba vuelva a cubrir la zona, y que los pastos sean lo que fueron la pasada primavera. Son 50 hectáreas de más de 1.800; pero en invierno serán 100 más. ¿Y después? Igual cunde el ejemplo.