«No podía más: o comíamos o compraba los libros del colegio»

Fina Ulloa
FINA ULLOA OURENSE / LA VOZ

OURENSE

Cruz Roja recibe cada semana a 50 ourensanos en situación de emergencia social

18 feb 2014 . Actualizado a las 07:30 h.

Desde hace cuatro meses en la puerta del Punto de Atención Inmediata de la Cruz Roja, en Ourense, siempre hay cola. El PAI, como le denominan para abreviar, es a los programas de asistencia de la entidad benéfica como el servicio de urgencias al hospital: ayudan a los que acuden en situaciones extremas de necesidad, con verdaderas urgencias personales y sociales. Y, al igual que en un centro sanitario, tras aportar los primeros remedios y hacer una exploración a fondo que permita diagnosticar la situación, van tendiendo puentes y derivando a otros servicios, ya sean propios de la entidad o ajenos, para intentar atajar el mal y que la emergencia no vuelva a producirse.

Natividad Álvarez, trabajadora social, y María Martínez, educadora social, son las responsables de guiar este bote salvavidas desde el 2012, pero desde octubre del pasado año no tienen prácticamente un minuto de respiro. Las llamadas a su puerta se han multiplicado. «De recibir 800 personas en todo un año hemos pasado a tener entre 50 y 60 por semana y sigue creciendo», señala Natividad. «La inmensa mayoría, casi todas, son caras nuevas de gente que nunca había acudido antes a Cruz Roja», añade María.

Afortunadamente, el pico de demanda coincidió con la ampliación del servicio gracias a la financiación que les brinda el proyecto de lucha contra la pobreza de la Fundación La Caixa. Ese dinero, unido a un porcentaje que sale de la aportación del IRPF a causas sociales, les permite afrontar pagos de recibos de luz, agua o alquileres que, hasta ahora, no podían cubrir. La colaboración de la fundación de la entidad financiera catalana es por un año pero «a este paso no llegamos a octubre», reflexionan las técnicos.

Y es que un porcentaje creciente de las peticiones están relacionadas con el pago de deudas por servicios, cuyos importes, sobre todo en el caso de la luz en invierno, superan fácilmente los 150 euros.

En paro y con tres hijos

Los servicios no fueron el problema de Mari Carmen Reina. Esta vecina ourensana de 38 años ha logrado hasta el momento cubrir los gastos de la vivienda por su cuenta. «Afortunadamente hemos ido pagando siempre el alquiler y los gastos de agua y luz. Lo de la casa es lo primero que cubrimos cuando llega la ayuda, porque si me veo fuera ¿qué hago con tres niños? No voy a meterme debajo de un puente», razona.

Ella llegó al servicio por otra razón y con una demanda muy concreta: ayuda para libros o material escolar. «Fue en septiembre, empezaba el curso y con tres niños en edad escolar ya no sabía de donde sacar. Hasta entonces fuimos trampeando, pero ahí vi que no podía más: o comíamos o compraba los libros», narra.

Hasta hace nada su vida era como la de muchos otros: sin lujos, pero con los gastos cubiertos. Trabajaba en hostelería con «un sueldo normalito», pero que unido al de su pareja como carpintero, era suficiente para el hogar en el que viven con sus tres hijos. Ambos se quedaron en paro con pocos meses de diferencia. Ella cobra la Risga y a él se le acabó la ayuda familiar.

En Cruz Roja «fue como si se abriese una ventana y empezase a respirar». Además del material escolar, le ayudaron también con la compra de gafas para una de las niñas, incluyeron a otra en el programa de promoción del éxito escolar y animaron a la madre a entrar en el plan de empleo. «Ya he ido a varios cursos de formación y estoy apuntada en más», explica esta mujer que lucha por mantenerse optimista y no caer en la desesperación.

«Intento ser positiva pero a veces también lo veo todo negro. Dicen que la cosa está mejorando, pero yo no lo veo».

Mari Carmen dice que ya ha superado la vergüenza inicial. «Al principio todo era muy duro; te vienes abajo muchas veces. Me costó pedir ayuda; incluso escondía las bolsas de comida o de ropa que nos daban en Cáritas porque no quería que me vieran», recuerda.

Ahora reconoce que lo que peor lleva es pensar en los sacrificios que asumen sus hijos. «Saber que no pueden tener lo que tienen otros me da mucha pena; aunque ellos no me piden ni para un Chupa Chups. Son muy responsables, sobre todo la mayor. A veces intento darle algo para que vaya al cine con las amigas, pero ella no quiere. En casa, la verdad, es que si hace falta con un trozo de pan con aceite, pasan», señala emocionada pero orgullosa.