No sentía yo tanta curiosidad por un videoclip desde que pasé la adolescencia y dejé de seguir la lista de los sábados en Los 40 Principales (sí, veía el programa de Fernandisco; todos tenemos un pasado, ¿no?). Hasta ahora. Que a golpe de clic (ya no hace falta esperar al sábado y pedir que tu grupo favorito estuviese entre los 40 elegidos) puedo ver hasta aburrirme el nuevo videoclip de Enrique Iglesias. Hasta tres veces creo que lo vi (las dos últimas sin sonido, que el temita me llegó con escucharlo una vez) para cerciorarme de que en medio de un monasterio se montaba una orgía. Moderno me pareció el concepto para un gobierno conservador. Si hubiese sido con uno de izquierdas, los del foro de la familia habrían convocado ya tres manifestaciones. Que nos gastamos 300.000 euros en él. Bien invertidos van. Al menos en maquillaje, que el eyeliner y el rímel que usa Enrique es incluso mejor que el que le ponen a su madre en la portada de las revistas cuando posa cual adolescente con Carmencita Bordiú. Menos tacto tuvieron con las imágenes de Galicia. Que ahí les quedó pegote. Se ve que ahí el rímel estaba seco. Y mucho. En otro clic llegué al de Alejandro Sanz. Claro que hay muchas diferencias. Lo primero el artista (que aquí hay, en el otro lado no vi), después las imágenes (el vídeo es bonito, no entrará entre los 100 más bonitos de la historia, pero se deja ver). Poco más. Sí, se ve Oseira, más de lo que se ve Carboeiro. A partir de ahí, solo decir que Baltar tiró (lo de invertir aquí le queda grande) menos dinero que Núñez Feijoo.