La primavera, la sangre altera. El dicho, que a mí me recuerda a una profesora del colegio que hablaba así de nuestro despertar adolescente al «me gusta» fulanito (ya existían los «me gusta» antes de Facebook, aunque ahora parezca que lo hemos olvidado), ejemplificaba el resurgir del letargo después del invierno. La gente está más contenta, sale más, y surge el amor. ¿Era algo así, no? Pues hay quien se queda en surge la llama del amor. Y quien dice amor, dice mechero, y sale al monte a quemar. Y así, el primer domingo alegre en lo que a clima se refiere que nos traía este año, se convirtió en un día triste y oscuro para Pena Trevinca. Allá se van 200 hectáreas, porque un egoísta (el adjetivo lo pueden cambiar, fue que todavía estoy floja del fin de semana soleado) decidió que el fuego era una buena manera de espantar al jabalí, encontrar pasto para su ganado o cualquier otra cuestión muy egocéntrica. Se llevó por delante 200 hectáreas de monte. Se llevó por delante 80 hectáreas de Red Natura. Y sabía dónde colocar el fuego para que el acceso fuese difícil. Lo de la combustión espontánea, la casualidad o la mala fortuna no tienen cabida en 10 fuegos. Solo el mal hacer, el mal pensar y el mal querer. A uno mismo y a los que le rodean. Que alguno parece que sería feliz si asfaltaran hasta las montañas. Qué pena que cada rayo de sol traiga también, siempre e irremediablemente, la amenaza del fuego en el monte. Y así no hay quien empiece bien un lunes. ¡Con lo tranquila que volvía yo de mi finde soleado junto al mar!