Resulta difícil digerir, un mes más, los resultados de paro juvenil en nuestra provincia. Nos va a costar explicar a la próxima generación que el modelo a seguir no es el de aquellos que aparecen gritando en los realities de la televisión, sino el de miles de estudiantes universitarios que conviven con la incertidumbre y desesperanza que supone saber que este país no ofrece posibilidades ni siquiera a quienes se sacrifican, que sentenciamos al destierro a científicos, ingenieros o médicos habiendo gastado cientos de millones de nuestros impuestos en su formación para que sean otros países los que se benefician de ella. Confío en que quizá con el tiempo las instituciones entiendan que problemas endémicos como la escasa natalidad o la reactivación del mercado de la vivienda se solucionan ofreciendo un trabajo estable a los jóvenes que, a pesar de estas perspectivas, siguen queriendo crecer personal y profesionalmente en Ourense. Aunque optimista por naturaleza, hay días en que la realidad me golpea y me recuerda que queda mucho trabajo por hacer. El de las familias que, en un mundo marcado por la meritocracia, deben educar en el sacrificio y la perseverancia, el de un sistema laboral en el que no me puedes pedir experiencia si no me has dado la oportunidad de demostrar mi talento o el de un sistema educativo que tendrá que empezar a pensar no solo en inculcar conocimientos sino también en formar actitudes. El único compromiso real con los jóvenes vendrá de aquellos que estén dispuestos a apostar por el futuro de Ourense a sabiendas de que los resultados de sus iniciativas llegarán probablemente cuando ellos ya no estén. La verdadera solución surgirá de la valentía de quien entienda que el futuro de Ourense no se divide en períodos de cuatro años y que apostar por los jóvenes es garantizar nuestro futuro y, aunque ahora no lo entiendan, también el suyo.