Nadie quiso darles el título de tradición cultural en mi ciudad. No hay esquina o rincón considerable sin uno, ya fuese para el proceso de morreo torpe entre babas y urgencia o para que la señora viuda del sexto se sentase a analizar, juzgar y condenar a todo el vecindario. Solía incluso colocar su propio cojín sobre él. Para que la almorrana tampoco sufriese mientras le arrancaba la piel a tiras a los demás. En silencio.
Pensamos que un banco luciría majestuoso en la puerta del bar.
Como la primera página de un libro. La que sentencia si pasas a la siguiente o lo devuelves a la estantería, justo al lado de otra decena de primeras páginas que descartaste por esa maldita impaciencia que ya ni te deja escuchar enteras las canciones.
Una pequeña mesa con una flor de mentira y un cenicero que se debatía ya fatigado entre ser roñoso o vintage, convertían la fotografía en perfecta.
Un sótano acogedor con poca luz entre una carnicería y el olor a fritanga de media mañana del bar de arriba.
Al principio nadie lo entendió.
La incoherencia con que los viandantes observaban la situación se tornaba cómica, digna de algún programa de cámara oculta. Un banco colocado de manera aleatoria al lado de un bar, no había mesa ni sillas y ninguna de todas las miradas encontraban una solución satisfactoria. La angustia de no resolver la adversidad.
Todo cambió la segunda mañana.
Un matrimonio octogenario tomó asiento. El aliento no les alcanzaba para terminar la cuesta de Celso Emilio Ferreiro, y hace tiempo que perdimos la costumbre de leer allí donde hay letras, ninguno de los dos observó un gran Propiedad de Café Torgal en el respaldo. Pero como ya he dicho, alguien decidió que leer ya no es necesario.
Me topé con la escena entre uno de esos cigarrillos inútiles de antes de las 12. Los miré adormecidos sujetando inapetentes las bolsas del Día, como quien sujeta el trofeo de subcampeón. No tuve el valor de echarles del asiento que habíamos ideado solo para uso de nuestros clientes. Saludé afable y volví adentro.
Acostumbraron a hacer el recorrido de vuelta a casa con parada obligatoria en nuestro banco, siempre a la misma hora, con el sol de mediodía que acaricia antes de picar. Duró una semana. Tiempo que la mala suerte, o la mala leche, decidieron suficiente, y una noche sin explicación ni pista alguna que rastrear, el banco desapareció. Gamberrada o acto criminal, nunca lo sabremos.
Al segundo banco le sucedió lo mismo con otro horario, y al tercero lo salvó aquel matrimonio golpeando con sus bolsas a algún listo que quiso confundir servicio con basura. La tunda fue tal que desde aquella tarde les concedimos trato VIP por su ayuda. Hemos pedido un banco mejor, de esos de madera rígida y hierro gris, de los que ponen Deputación, y mientras esperamos que algún día llegue dejamos que la gente se siente en el nuestro. Al fin y al cabo quienes somos nosotros para alterar ese deporte nacional: no hacer nada sentado en un banco de tu ciudad.