Algo antes de llegar a Bande, en dirección a Ourense, la carretera deja algunos avisos de que el mundo que vendrá tras el coronavirus, por mucho que nos empeñemos en vaticinios a la heroica, seguirá buscando remiendos para muchos problemas. En la OU-540, como quien da la bienvenida a una localidad, un artista desconocido dejó su marca en una señal bautizada como «Utopía» y acompañada del símbolo del infinito. No es la única que lo representa en ese trazado, que quizá sea el recorrido necesario para entender que Ourense tiene mucha vida lejos de la ciudad, pero que también hay que querer, o saber, dársela.
En ese camino hacia la frontera con Portugal uno puede toparse con restos de la herencia romana junto a las aguas, minas abandonadas que sobrevivieron a la fiebre armamentística de la Segunda Guerra Mundial e incluso senderos llenos de naturaleza que siempre han estado ahí, y a los que parece que se les da un valor doble cuando la única opción de dar un paseo es al limitar las opciones a los municipios próximos, como pasó estas semanas.
Querría creer que esto no se queda en una moda pasajera. Entender el rural de Ourense, que es el de Galicia, no es solo imaginarse su campo y lo que produce, que es mucho, sino poner en valor su historia y la de sus gentes, que ahora adolecen de un relevo generacional. Si la agricultura no es la única solución para fijar a la población del futuro, tal vez lo sea diversificar su industria. Y quizá no se trate de imaginar únicamente chimeneas o enormes fábricas, sino también de dar una segunda vida a las ruinas y los restos de piedra que asoman entre las hierbas de la provincia.