Solo hice un par de veces las colas de La Romántica. Obviamente, no fui de los que consiguió acabar ninguno de los platos que me pusieron en la mesa. En una de las ocasiones fui con unos amigos madrileños —ya había visitas en Ourense de madrileños antes del AVE— que quedaban alucinados con la materia prima, la calidad y el precio. Le juraron amor eterno al local. De camino a casa muchos días me encontraba con esas colas a las puertas del puente Nuevo y me preguntaba cuál sería el motivo de que los dueños no apostaran por un sistema de reserva, que reduciría el tiempo de espera, facilitaría el trabajo en el interior y aumentaría la satisfacción de los clientes, sin tener que esperar al frío o al calor para lograr una mesa, si es que finalmente lograban el objetivo. Ahora, con la nostalgia del local cerrado y la perspectiva de que una carta a los Reyes Magos remueva el corazón de sus dueños para su reapertura, me parece todo un acierto lo de las colas. Si vuelven a abrir ojalá mantengan ese arcaico sistema de acceso y, a ser posible, pongan un limitador para la señal de los móviles. Lo de la cita previa está muy bien y beneficia tanto a los clientes como a los propietarios de infinidad de locales, pero que narices quien no echa de menos esas tardes haciendo cola sentado en la peluquería del barrio, sin más entretenimiento que la vieja televisión de fondo, las revistas manidas de tanto leerse y la charla incansable del peluquero. Y que me dicen del dentista, cuando los nervios atenazaban... Las colas como las de La Romántica curtían y hacían que valorásemos mejor las cosas que luego obteníamos.