





Donde antes se escuchaban los gritos de gol, las risas de la gente y el resonar de las patadas al balón de fútbol, hoy solo queda un campo silencioso limitado por vallas. Los partidos improvisados, las tardes de rivalidad amistosa, y la emoción de la gente en los laterales del campo se desvanecieron con el paso del tiempo.
El césped que antes sufría las marcas de los tacos y los resbalones, crece a sus anchas hasta ser segado por los ganaderos de la zona, para aprovechar ese pasto. Solo las porterías oxidadas y los restos de los banquillos y vestuarios, recuerdan lo que fue ese lugar en el pasado, que fue escenario de victorias y derrotas.
Por toda la provincia de Ourense se repite esta imagen: campos que antes fueron el corazón de los pueblos hoy permanecen olvidados.