Alrededor del castillo de Maceda

Juan Carlos Martínez EN EL COCHE DE SAN FERNANDO

MACEDA

29 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

A Maceda, en ese valle precioso a los pies de la sierra de San Mamede, hay que ir aunque solo sea por ver el castillo y admirarse de que allí viviera el rey con mejor prensa que podemos encontrar en el Gotha ibérico: Alfonso X el sabio, que era poeta y escribía en gallego. No es un castillo como la mayoría de los que se pueden ver por Galicia, que son torres esbeltas para mirar por encima de los árboles, o si no son torres, al menos las tienen. Este castillo famoso, que se edificó para frenar a los moros y sirvió después para frenar, más o menos, a los portugueses, es una masa maciza, impresionante por su fuerza aparente, como un gran buque varado en lo alto del otero que le sirve de base. Tenemos la suerte de que se haya instalado en él un hotel, porque así podemos visitarlo y tener la seguridad de que no se desplomará, como ha ocurrido con algunas de las esbeltas torres de las que hablábamos.

El paseo por Maceda parte del centro y se dirige, cómo no, al castillo. A partir de allí caminamos hacia el barrio del Outeiro da Torre, entre campos labrados y pequeñas manchas forestales. Hace una tarde de nubes y claros, primavera pura, y los mirlos cantan desaforados entre dos setos de laurel. No cantan para deleitarnos, aunque lo consigan: cantan, como decía un amigo biólogo, porque no saben hacer vallas. Allí están, defendiendo con notas musicales, el territorio sombreado en el que crían a sus mirlitos. Tirando al norte, por Calvelo, se llega a un alto desde donde se contempla la villa y su fortaleza; para allí vamos, a probar el raxo del país y salir de Maceda fuertes como su castillo.