La parroquia ferrolana de Esmelle, tan rica en molinos, en ríos, en literatura y en afectos —y que, además de un lugar muy bello, es uno de los pocos rincones del mundo que posee un monumento al Mago Merlín—, ha tenido el acierto de crear un museo dedicado, precisamente, al autor de ese monumento, a Francisco Pérez Porto. Un museo en el que se preservarán, para las generaciones futuras, algunas de las mejores obras del ceramista que creó, entre tantas otras maravillas, esos indicadores del Camino de Santiago que ya forman parte del paisaje de nuestras vidas. Los que señalan, con una vieira dorada, la ruta que va a Compostela. Una vieira, resplandeciente sobre un fondo azul, que nos habla, a la vez, del día y de la noche: de los rayos del sol que abrazan la tierra y de las estrellas que dibujan el río blanco del firmamento. La cerámica de Pérez Porto, que tanto invita a soñar, siempre me ha parecido un milagro. Como El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez, escritor que, todo sea dicho de paso, tuvo en Esmelle hondas raíces. Hoy me reencuentro con viejos amigos, y tomamos café (descafeinado) juntos. Yo les recomiendo leer, este verano, a Pierre Michon, a Claudio Magris, a José María Merino, a Nélida Piñón y a Lobo Antunes. Ellos me cuentan que, de la misma manera que en los Estados Unidos se reivindica la figura de Steve Prefontaine (con quien Álvarez Salgado compitió en la Olimpiada de Múnich), en Italia se venera el recuerdo de Pietro Mennea. Lástima que olvidase decirles, por cierto, que otro gran amigo, Isidoro Hornillos, vio a Mennea batir el récord mundial de los 200 metros en la Universiada de México.