José Víctor González, uno de los principales impulsores del carnaval en la calle de Pontevedra, es un empresario polivalente José Víctor González, uno de los principales impulsores de la figura del loro Ravachol y del carnaval en la calle en Pontevedra, continúa siendo un polivalente empresario de la ciudad del Lérez. «Soy accionista de una sociedad que posee la discoteca Shiva, además regento un hotel con setenta habitaciones en Samieira y me dedico un poco a la construcción y a la moda». El carnaval, que nació en 1979 como instrumento publicitario de la sala de fiestas, fue, y es en su retiro, una de sus pasiones. «Organizamos en pleno verano y durante cinco años un desfile por las calles que terminaba con los participantes en Shiva».
02 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Estos días, José Víctor González está ultimando los preparativos del hotel Covelmar para acoger a cerca de cincuenta participantes bielorrusos y noruegos de un campeonato de tiro de precisión que se celebrará próximamente en Pontevedra. A pesar de esto, no pierde de vista, ni por un momento, el resto de sus negocios y empresas. Y es que atenderlas diariamente le lleva su tiempo porque «soy un culo inquieto». La historia de los carnavales pontevedreses nace, según explica José Víctor, de una desgracia ocurrida a más de seiscientos kilómetros de Pontevedra. Corría el mes de diciembre de 1983 cuando un incendio provocó más de ochenta fallecidos en la discoteca madrileña Alcalá 20. «Días después varios empresarios de la ciudad del Lérez nos reunimos con el gobernador civil y con los responsables del Liceo Casino y del Mercantil para tratar el tema de la seguridad durante las fiestas de Fin de Año». En el transcurso de este encuentro surgió la idea de hacer algo conjunto, «pero sin la menor trascendencia», para los carnavales de 1984. «Creo recordar que fui yo, quien propuse realizar un desfile». El día elegido para este espectáculo, Víctor González se llevó una gran sorpresa cuando observó como se superaban todas las previsiones y los particulares no paraban de apuntarse con sus disfraces, carrozas y comparsas. Pontevedra no tuvo que esperar mucho para ver nacer a un nuevo símbolo. «Para la segunda edición pensamos en algo más personal y se me ocurrió la idea del loro Ravachol tras leer Mi viejo carnet de Prudencio Landín. En el libro aparece el entierro auténtico del pájaro de Perfecto Feijoo y data del año 1913». El mayor problema, en un primer momento, para sacar adelante esta idea parecía que iba a ser el desconocimiento de la población. Sin embargo, el primer sepelio fue un éxito. Treinta minutos de comida El velatorio fue en la Casa da Luz en la plaza de la Verdura, que estaba totalmente abierta al público, y se buscó crear un ambiente propio de los entierros antiguos gallegos donde se daba comida y bebida a los que acudían. En este sentido, José Víctor González añade que «como no sabíamos el número de personas que iban a venir, encargamos treinta empanadas, bacalao frito rebozado y vino». Todas estas viandas apenas duraron treinta minutos, el tiempo que le llevo a los organizadores dejarlas sobre una mesa e irse a su casa a disfrazarse y volver. Ese mismo día, un miembro de la organización actuó a modo de receptor de pésames -«sabe Dios cuantas manos tuvo que chocar»- y se colocó una mesa con un libro para que los asistentes dejasen constancia de su asistencia al acto. «En esa primera edición del entierro se recogieron más de dos mil firmas e, incluso, días después llegaron algunos telegramas de condolencia».